Teniendo todavía la mano de Charlie fuertemente asida por la suya, de modo que el contacto entre las dos pieles resultaba totalmente contrario a cuanto Charlie había previsto, Kurtz dijo:

- Mi nombre, a falta de otro, Charlie, es Marty, y cuando Dios terminó de hacerme quedaron unas cuantas porciones sobrantes, con las que hizo a Mike, a modo de posdata. Saluda a Mike, Charlie. Y en cuanto al señor Richthoven, dicho sea utilizando el nombre que para su mayor comodidad escogió, aquí presente, a quien según creo usted llama Joseph, creo que no hace falta decir más nombres, puesto que usted misma lo bautizó.

Joseph seguramente había entrado en el cuarto sin que Charlie se diera cuenta. Charlie recorrió la estancia con la vista, y le vio ordenando unos papeles sobre una mesa plegable, apartado de todos. Sobre la mesa había una pequeña lámpara de uso individual cuya luz, semejante a la de una vela, incidió en la cara de Joseph cuando éste se inclinó al frente.

Charlie dijo:

- Pues ahora podría volver a bautizar a ese hijo de mala madre. Charlie pensó en atacar a Joseph, tal como antes había atacado a Rachel. Le bastaba con dar tres rápidos pasos y atizarle, antes de que pudieran impedírselo, pero advirtió que no lo conseguiría, por lo que se contentó con lanzarle una andanada de obscenos insultos que Joseph escuchó con aire de recordar algo un tanto lejano. Joseph se había puesto un jersey ligero. La camisa de seda propia de director de orquesta y los gemelos de oro, como tapones de botella, habían desaparecido, y parecía que jamás hubieran existido.

Sin alzar la cabeza y mientras seguía ordenando sus papeles, Joseph dijo:

- Te aconsejo que por el momento te abstengas de formular juicios y dejes de soltar palabrotas. Primero escucha lo que estos dos hombres quieren decirte. Estás en manos de buena gente. Me atrevería a decir que estás en manos de gente mucho mejor que aquella con la que solías tratar. Tienes mucho que aprender y, si la suerte te acompaña, también tienes mucho que hacer. Así es que conserva las energías.

Joseph pronunció estas últimas palabras como si recitara para sí una advertencia medio olvidada. Siguió con sus papeles.

Amargamente, Charlie pensó: «No siente el menor interés por mí; ha entregado su carga, y la carga era yo.»

Los otros dos hombres seguían de pie, esperando que Charlie se sentara, lo cual era propio de locos. Es una locura ser cortés para con una muchacha que acaba de ser raptada, es una locura darle lecciones de bondad, es una locura sentarse a una mesa para charlar con quienes te acaban de raptar, después de tomar un vasito de té y de arreglarte un poco en el lavabo. De todas maneras, Charlie se sentó. Kurtz y Litvak también lo hicieron.

Mientras se enjugaba una lágrima con los nudillos de una mano, Charlie preguntó con voz insegura:

- ¿Quién es el que dirige el juego, aquí?

Vio una vieja cartera para documentos, de color castaño, situada en el suelo entre los dos hombres, con la tapa abierta, aunque no por ello pudo ver el contenido. Y sí, efectivamente, los pape-les que había sobre la mesa eran recortes de prensa, y a pesar de que Mike los estaba guardando en una carpeta, Charlie no tuvo dificultad alguna en reconocer que aquellos recortes hacían referencia a su carrera artística.

En tono decidido, Charlie preguntó:

- ¿No se han equivocado de chica, supongo? ¿Están seguros?

Dirigió estas palabras a Litvak, suponiendo erróneamente que era el más influíle de los dos, en méritos de su endeble aspecto físico. Pero, en realidad, a Charlie le importaba muy poco cuál fuera la persona a quien se dirigía, siempre y cuando consiguiera conservar la serenidad. Charlie añadió:

- Aunque les advierto que si van en busca de los tres enmascarados que asaltaron el banco de la calle Cincuenta y dos, les diré que se fueron en dirección contraria a ésta. Yo era la inocente transeúnte que tuvo un parto prematuro.

Kurtz levantó de la mesa, al mismo tiempo, sus gruesos brazos, y gritó muy complacido:

- ¡Charlie, sí, usted es la chica que buscábamos! ¡Y tanto que sí! Kurtz dirigió una mirada a Litvak, y luego a Joseph, en el otro extremo del cuarto. Fue una mirada benévola, pero duramente calculadora. Y, en el instante siguiente, Kurtz se había lanzado, hablando con la fuerza animal que de tal manera había avasallado a uilley y a Alexis, así como a innumerables colaboradores insólitos, a lo largo de su extraordinaria carrera, hablando con los mismos recios acentos euronorteamericanos, y efectuando los mismos cortantes movimientos del antebrazo.

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