Pero Charlie era una actriz, y su instinto profesional jamás le había hablado tan a las claras. Ni la verborrea de Kurtz, ni los actos de violencia que en ella habían sido perpetrados, conduciéndola a un estado de desorientación, habían oscurecido sus matizadas percepciones de lo que en aquellos momentos ocurría en el cuarto. Charlie pensó: «Estamos en un escenario: nosotros por una parte y ellos por otra.» Mientras los jóvenes centinelas se dispersaban dirigiéndose a las tinieblas del perímetro, Charlie casi podía oír el rumor de los pasos dados de puntillas de los espectadores llegados a última hora en busca de sus butacas, al otro lado del telón. Charlie examinó el decorado, y tuvo la impresión de que se parecía al dormitorio de un tirano depuesto. Los hombres que la habían capturado eran los luchadores por la libertad que habían depuesto al tirano. Detrás de la ancha y paternal frente de Kurtz, sentado frente a ella, Charlie pudo distinguir en la mal enyesada pared la mancha de polvo que había delimitado la cabecera de una desaparecida cama imperial. Detrás del flaco Litvak colgaba un espejo con retorcida moldura dorada, estratégicamente situado para el mayor placer de enamorados separados. El desnudo piso de madera producía ecos enclaustrados, propios de un escenario. La luz pendiente del techo acentuaba las partes cóncavas de las caras de los dos hombres, así como la sordidez de sus ropas de luchadores clandestinos. En lugar de su lujoso traje de Madison Avenue -aunque debemos advertir que Charlie no conocía este término de comparación-, Kurtz, ahora, lucía una chaqueta de campaña, del ejército, carente de forma, con oscuras manchas de sudor en los sobacos, y una hilera de bolígrafos baratos en el abrochado bolsillo superior de la chaqueta, en tanto que Litvak, el intelectual del partido, iba con una camisa caqui, de mangas cortas, de las que sus delgados brazos salían cual peladas ramas. Sin embargo, a Charlie le bastaba con echar una ojeada a aquellos dos hombres para advertir los rasgos que compartían con Joseph. Charlie pensó: «Han sido adiestrados a hacer lo mismo, comparten las mismas ideas y las mismas prácticas.» Kurtz tenía su reloj de pulsera sobre la mesa, ante él. Este reloj trajo a la memoria de Charlie la cantimplora de Joseph.
Dos ventanas cerradas daban a la parte delantera y otras dos ventanas igualmente cerradas daban a la parte trasera. Las puertas de doble hoja que daban a uno y otro lado también estaban cerradas, como si se temiera que Charlie intentara escapar, a pesar de que ésta sabía, en la actualidad, que sería un intento vano, por cuanto, si bien los centinelas fingían una languidez propia de simples trabajadores en un taller, Charlie había ya advertido en ellos -y tenía buenas razones- la presteza propia de los profesionales. En los más apartados confines del escenario ardían cuatro enroscadas mechas contra los mosquitos, cual mechas de bomba, de lenta ombustión, que difundían aroma a nuez moscada. Y a espaldas de Charlie brillaba la lamparilla de Joseph que, a pesar de todo, o quizá debido a todo, era la única luz agradable.
Charlie se percató de todo lo anterior incluso antes de que la recia voz de Kurtz comenzara a llenar la estancia con sus frases tortuosamente imperativas. Si Charlie no hubiera ya previsto que le esperaba una larga noche, aquella voz implacable y contundente se lo hubiera revelado.
- Charlie, queremos explicarte lo que queremos hacer; queremos definirnos a nosotros mismos, queremos presentarnos, y aun cuando entre los aquí presentes nadie hay que sea propenso a pedir disculpas excesivas, también queremos decirte que lamentamos lo ocurrido. Pero a veces no queda más remedio que actuar de determinada manera. Nosotros hemos actuado en uno o dos aspectos porque no nos ha quedado más remedio. Lo siento. Te damos la bienvenida y te decimos «hola».
Kurtz hizo una pausa lo bastante larga para que Charlie pudiera lanzarle otra andanada de insultos. Kurtz sonrió, y dijo:
- Charlie, tengo la seguridad de que tienes muchas preguntas que hacernos, y te aseguro que, a su debido tiempo, las contestaremos, en la medida de lo posible. Entretanto permite que, por lo menos, te demos un par de informaciones de carácter básico. Seguramente te preguntas quiénes somos.
En esta ocasión la pausa fue brevísima, casi inexistente, debido a que, en realidad, Kurtz no estaba tan interesado en estudiar el efecto de sus palabras como en utilizarlas para adquirir un amistoso dominio de la situación y de la propia Charlie.