- Charlie, te diré que primordialmente somos personas decentes, tal como ha dicho Joseph. Somos buena gente. En este sentido, y al igual que la gente buena y decente que hay en todo el mundo, estimo que puedes calificarnos razonablemente de no sectarios, no alineados, y de profundamente preocupados, al igual que tú, por los muchos malos caminos que el mundo sigue. Si añado que somos ciudadanos de Israel, espero que no comiences a echar inmediatamente espuma por la boca, ni a vomitar, ni a tirarte por la ventana, a no ser, desde luego, que sostengas la personal opinión de que Israel debiera ser borrado del mapa, o barrido con napalm, o entregado envuelto en papel para regalos a cualquiera de las muchas molestas organizaciones árabes que aspiran a eliminarnos.

Kurtz advirtió un movimiento de secreto encogimiento del ánimo de Charlie, por lo que se lanzó inmediatamente a averiguar su naturaleza:

- ¿Es realmente esto lo que piensas, Charlie?

Había efectuado la pregunta bajando la voz. Prosiguió:

- Bueno, quizá pienses así… ¿Por qué no nos dices lo que piensas al respecto? ¿Tienes ganas de levantarte de la silla en este mismo instante? ¿Ganas de irte a casa? Creo que tienes el billete de avión. Te daremos el dinero que necesites. ¿Quieres irte?

Una helada inmovilidad se apoderó de Charlie, cubriendo el caos y el momentáneo terror que la muchacha sentía. Que Joseph era judío, Charlie no lo había dudado jamás a partir de su abortado interrogatorio en la playa. Pero para Charlie, Israel era una confusa abstracción que suscitaba, al mismo tiempo, sentimientos protectores y sentimientos de hostilidad. Charlie jamás había supuesto, siquiera por un segundo, que llegara a enfrentarse con Israel en carne y hueso.

Haciendo caso omiso de la oferta de Kurtz consistente en interrumpir las negociaciones antes de que hubieran comenzado, Charlie preguntó:

- ¿Qué diablos está pasando aquí? ¿Qué es esto? ¿Una fiesta bélica? ¿Una incursión punitiva? ¿Me van a poner electrodos? ¿En qué consiste su gran idea?

Kurtz le preguntó:

- ¿Has conocido en tu vida a algún israelí?

- Que yo sepa, no.

- ¿Tienes algo que objetar a los judíos, desde un punto de vista racial? ¿A los judíos en cuanto a judíos y basta? ¿No olemos mal, en tu opinión, no tenemos malos modales en la mesa? Dínoslo. Son cosas que nosotros comprendemos.

- No sea tonto.

Charlie advirtió que su voz no había sonado debidamente, ¿o acaso era su oído el que no había percibido correctamente? -¿Te sientes entre enemigos, aquí?

Charlie contestó:

- ¿Cómo puede usted pensar tal cosa? Toda persona que me rapta es para mí simpatiquísima.

Con la consiguiente sorpresa de Charlie, estas palabras suscitaron espontáneas carcajadas en las que todos parecían tener derecho a participar. Salvo Joseph, que estaba muy atento a su lectura, tal como Charlie sabía gracias al leve sonido de roces que Joseph producía al volver las páginas.

Kurtz aumentó un poco la presión de su interrogatorio. Sin dejar de sonreír cordialmente, insistió:

- Tranquilízanos un poco, Charlie. Olvidemos que, en cierto sentido, estás privada de libertad, aquí. ¿Crees que Israel debe sobrevivir, o que todos nosotros debemos hacer las maletas y volver a nuestros países de origen, para volver a empezar? ¿Quizá estimes más oportuno que ocupemos un pedacito del Africa central? ¿O del Uruguay? Egipto, no, muchas gracias, ya lo intentamos y no dio buenos resultados. ¿0 crees que debemos dispersarnos una vez más y volver a nuestros ghettos de Europa y Asia, en espera del próximo pogrom? ¿Qué dices a esto, Charlie?

Esquivando la cuestión una vez más, Charlie repuso: -Quiero que dejen en paz de una maldita vez a los pobres árabes.

- Gran idea. ¿Y cómo lo vamos a hacer, así en términos específicos?

- Dejando de bombardear sus campamentos, de echarlos de sus tierras, de arrasar sus pueblos, de torturarlos.

- ¿Has mirado alguna vez el mapa de Oriente Medio?

- Naturalmente.

Con la misma peligrosa alegría mostrada anteriormente, Kurtz dijo:

- Y, mientras contemplabas el mapa, ¿has deseado alguna vez que los árabes nos dejen en paz a nosotros?

A la confusión y temor que Charlie sentía ahora, se añadió un sentimiento de vergüenza, que probablemente era lo que Kurtz deseaba. Ante una tan clara realidad, las sarcásticas frases de Charlie adquirieron cierto matiz propio de una colegiala algo tonta. Charlie se sintió como una insensata dando sermones a gente sabia. Charlie contestó con una estupidez:

- Quiero paz.

Sin embargo, las palabras de Charlie eran verdad. Cuando se lo permitían, Charlie tenía la decente visión de una Palestina mágica-mente devuelta a aquellos que habían sido expulsados de ella, a fin de que en ella cupieran los más poderosos custodios europeos.

Muy satisfecho, Kurtz dijo:

- En este caso, ¿por qué no vuelves a mirar el mapa y te preguntas qué es lo que Israel quiere?

Y Kurtz guardó unos instantes de silencio, que parecía el silencio de recuerdo a los seres amados que no pueden estar con nosotros esta noche.

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