Y después de decir estas palabras, Kurtz volvió a ceder la iniciativa a Charlie. Luchando todavía para no sonreír, Charlie quiso saber:
- ¿En qué clase de actuación me dan este papel?
- Llamémosle actuación teatral.
Charlie se acordó de Joseph y de la manera en que la expresión divertida desapareció de su cara, cuando hizo una seca referencia al teatro de la vida real. Charlie dijo:
- Si se trata de una obra teatral, ¿por qué no lo dice? Kurtz le dio la razón:
- En cierto aspecto es una obra teatral.
- ¿Quién la ha escrito?
- Nosotros nos encargaremos de la trama. Joseph se encargará del diálogo. Todo con mucha ayuda tuya.
- ¿Ante qué público?
Con un ademán, Charlie indicó las sombras:
- ¿Estas monadas?
La solemnidad de Kurtz fue tan súbita y tan tremenda como su buena voluntad. Unió sobre la mesa sus manos de obrero, avanzó la cabeza dejándola encima de ellas, y ni siquiera el más enérgico escéptico hubiera podido negar la convicción con que se expresó:
- Charlie, hay gente que jamás verá esta obra teatral, que ni siquiera llegará a saber que se representa, pero que quedará en deuda contigo mientras viva. Es gente inocente. Personas a las que siempre has tenido simpatía, en cuya representación has intentado hablar, intervenir en manifestaciones, ayudar. En todo lo que hagas a partir de este momento debes llevar bien metida en la cabeza esta idea, ya que, de lo contrario, puedes llevarnos a la perdición, a nosotros y a ti.
Charlie intentó apartar la vista de Kurtz, debido a que su retórica era excesiva, demasiado altisonante. Charlie sintió deseos de que Kurtz empleara aquellos medios con otra persona, no con ella. Rudamente, esforzándose una vez más en hurtarse a las oleadas de la persuasión de Kurtz, Charlie inquirió:
- ¿Y quién diablos se imagina usted ser para determinar quién es inocente y quién no lo
es?
- ¿Te refieres a mí, en cuanto a israelí?
Evitando entrar en terreno peligroso, Charlie repuso: -Me refiero a usted, personalmente.
- Prefiero soslayar un poco tu pregunta, Charlie, y limitarme a decir que, desde nuestro punto de vista, una persona ha de ser muy culpable para merecer la muerte.
- ¿Quién, por ejemplo? ¿Quién merece la muerte? ¿Esos pobres insensatos a los que matasteis en el West Bank? ¿O esos a quienes bombardeáis en el Líbano?
Incluso mientras formulaba estas atolondradas preguntas, Charlie se preguntaba cómo diablos habían comenzado a hablar de muertes. ¿Había comenzado ella, había comenzado él? Carecía de importancia. Kurtz ya estaba meditando su respuesta. Con firme énfasis replicó:
- Únicamente aquellos que rompen totalmente el vínculo humano. Estos merecen la muerte.
Tozuda, Charlie siguió atacando a Kurtz:
- ¿Hay judíos así?
- Si., hay judíos que son así, y también hay israelíes. Pero nosotros no nos contamos entre ellos, y, afortunadamente, esta noche no constituyen el tema del que debemos tratar.
Kurtz tenía la autoridad suficiente para hablar de esta manera. Daba las respuestas que los niños quieren. Tenía la preparación suficiente para ello, y todos los que se encontraban en el cuarto, Charlie incluida, lo sabían. Kurtz era un hombre que sólo trataba de asuntos que conocía por propia experiencia. Cuando formulaba preguntas, se tenía la seguridad de que antes le habían formulado a él aquellas preguntas. Cuando daba órdenes se sabía que antes había obedecido órdenes ajenas. Cuando hablaba de muerte resultaba evidente que conocía la muerte y que la conocía muy de cerca, y que en cualquier momento podía volver a conocerla.
Y cuando decidía dar una advertencia, como ahora se la dio a Charlie, era evidente que había afrontado los peligros a que se refería. Hablando muy seriamente, dijo:
- No confundas nuestra representación teatral con la diversión, Charlie. No hablamos de bosques encantados. Cuando las luces se apaguen en el escenario, será de noche en la calle. Cuando los actores rían, serán felices. Cuando lloren, estarán tristes y con el corazón roto. Y cuando los actores resulten heridos (y resultarán heridos) no se encontrarán en situación, al bajar el telón, de ponerse en pie de un salto e ir corriendo a coger el autobús que los llevará a casa. No habrá posibilidad de remilgos y de alejarse en las escenas duras, no habrá permiso por enfermedad. Será una actuación constante desde el principio hasta el fin. Si esto es lo que te gusta, si eres capaz de hacerlo, y nosotros creemos que sí, escúchanos. Si no es así, levantemos la sesión.
Shimon Litvak, arrastrando las palabras, con su acento eurobostoniano, débil cual una señal distante emitida por una radio al otro lado del Atlántico, intervino gravemente, en el tono que emplea un discípulo para tranquilizar a su maestro:
- Charlie jamás ha huido de un peligro en toda su vida, Marty.
Y esto no es una presunción por nuestra parte, sino que es un hecho cierto. Consta en todo su historial.