– No me verá -dijo Alice.
– A mí tampoco -afirmó Aidan, categórico.
– Eso ya lo veremos -dijo Carolyn, que se puso de cara al árbol-: Un, dos, tres… ¡PAJARITO INGLÉS!
Se volvió. Alice estaba quieta, con una gran sonrisa y una pierna estirada en un paso de gigante. Thurston, que también sonreía, tenía las manos abiertas en una pose al estilo de
– Muy bien -dijo Carolyn-. Sois muy buenas estatuas. Empieza la segunda ronda. -Se volvió hacia el árbol y contó de nuevo, embargada por el antiguo y delicioso miedo infantil de saber que había gente detrás de ella que se estaba moviendo-. ¡Undostrés pajaritoinglés!
Se volvió. Alice ya solo estaba a unos veinte pasos. Aidan se encontraba a unos diez pasos de su hermana, temblaba, se apoyaba solo en un pie. Podía ver claramente la costra que tenía en la rodilla. Thurse estaba detrás del niño, con una mano en el pecho, como un orador, sonriendo. Alice sería la primera en llegar hasta ella, y eso estaba bien; en la siguiente partida le tocaría contar a Alice y su hermano sería entonces el ganador. Thurse y Carolyn se encargarían de ello.
Se volvió de nuevo hacia el árbol.
– Undostrés…
Entonces Alice gritó.
Carolyn se volvió y vio a Aidan Appleton tirado en el suelo. Al principio creyó que seguía jugando. Tenía una rodilla, la de la costra, levantada, como si intentara correr con la espalda pegada al suelo. Miraba fijamente hacia el cielo. Los labios, fruncidos, formaban una pequeña O. Una mancha oscura se extendía por sus pantalones. Carolyn corrió hacia él.
– ¿Qué le pasa? -preguntó Alice. Carolyn vio que las emociones del terrible fin de semana crisparon la cara de la niña-. ¿Está bien?
– ¿Aidan? -preguntó Thurse-. ¿Estás bien, muchacho?
Aidan siguió temblando; parecía como si estuviera chupando una pajita invisible. Bajó la pierna doblada… Y dio una patada. Empezó a mover los hombros.
– Tiene un ataque -dijo Carolyn-. Seguramente se debe a las emociones tan fuertes que ha padecido. Creo que se recuperará si le damos unos…
– Las estrellas rosadas están cayendo -dijo Aidan-. Dejan unas líneas tras ellas. Es bonito. Da miedo. Todo el mundo está mirando. Ningún regalo, solo sustos. Cuesta respirar. Se hace llamar Chef. Es culpa suya. Es él.
Carolyn y Thurston se miraron. Alice estaba arrodillada junto a su hermano, cogiéndolo de la mano.
– Estrellas rosadas -dijo Aidan-. Caen, caen, ca…
– ¡Despierta! -le gritó Alice a la cara-. ¡Deja de asustarnos!
Thurston Marshall le tocó el hombro.
– Cielo, no creo que eso sirva de nada.
Alice no le hizo caso.
– Despierta, despierta… ¡ESTÚPIDO!
Y Aidan se despertó. Miró a su hermana, que tenía la cara empapada en lágrimas, confundido. Entonces miró a Carolyn y sonrió. Fue la sonrisa más puñeteramente dulce que había visto en toda su vida.
– ¿He ganado? -preguntó.
16
Al parecer nadie se había ocupado del mantenimiento del generador de la cabaña de suministros del ayuntamiento (alguien había puesto un recipiente de estaño bajo el aparato para recoger el aceite que perdía), y Rusty supuso que desde el punto de vista energético era tan eficiente como el Hummer de Big Jim Rennie. Sin embargo, estaba más interesado en el depósito plateado que había al lado.
Barbie echó un vistazo al generador, hizo una mueca por el olor y se acercó al depósito.
– No es tan grande como esperaba -dijo… aunque era mucho mayor que las bombonas que usaban en el Sweetbriar, o que la de Brenda Perkins.
– Es de «tamaño municipal» -dijo Rusty-. Lo recuerdo de la asamblea del pueblo que celebramos el año pasado. Sanders y Rennie nos hincharon la cabeza diciéndonos que los depósitos pequeños nos permitirían ahorrar un montón de pasta en estos «tiempos en los que la energía es tan cara». Cada uno tiene una capacidad de tres mil litros.
– Lo que equivale a un peso de… Tres mil kilos, más o menos, ¿no?
Rusty asintió.
– Mas el peso del depósito. Para levantarlo se necesita una carretilla elevadora o un gato hidráulico, pero no para moverlo. Una ranchera puede transportar hasta tres mil cien kilos, aunque podría soportar un poco más. Uno de estos depósitos de tamaño medio cabría en la parte de atrás. Sobresaldría un poco, pero eso es todo. -Rusty se encogió de hombros-. Le pones una bandera roja y listo.
– Este es el único que queda -dijo Barbie-. Cuando se acabe, se apagarán las luces del pueblo.
– A menos que Rennie y Sanders sepan dónde hay más -añadió Rusty-. Y estoy seguro de que así es.
Barbie deslizó la mano por la placa azul del depósito: CR. HOSP.
– Es el que habíais perdido.
– No lo perdimos; nos lo robaron. Eso es lo que creo. Pero debería haber cinco más como este; nos han desaparecido seis.
Barbie miró el interior de la cabaña. A pesar de los quitanieves y las cajas con piezas de recambio, el lugar parecía vacío. Sobre todo alrededor del generador.