– Pero -dijo Big Jim a la habitación vacía y en tono solemne-, es mi idiota.

Se zampó los últimos fettuccini, se limpió la barbilla con una servilleta, y empezó a escribir notas en la libreta que tenía en la mesa. Había escrito muchas notas desde el sábado; había mucho que hacer. Y si la Cúpula seguía allí, aún habría más trabajo.

En cierto modo Big Jim esperaba que fuera así, por lo menos durante un tiempo. La Cúpula le ofrecía una serie de retos que estaba dispuesto a aceptar (con la ayuda de Dios, por supuesto). El primer punto del día era consolidar su control del pueblo. Para lograrlo necesitaba algo más que un chivo expiatorio; necesitaba un hombre del saco. La opción obvia era Barbara, el hombre que el comunista en jefe del partido demócrata había elegido para sustituir a James Rennie.

La puerta del estudio se abrió. Cuando Big Jim levantó la mirada de las notas, vio a su hijo. Tenía la cara pálida y un rostro inexpresivo. Últimamente a Junior le pasaba algo. A pesar de lo ocupado que estaba con los asuntos del pueblo (y de su otra empresa, que también le había dado quebraderos de cabeza), Big Jim se había dado cuenta de ello. Aun así, confiaba en el muchacho. Aunque Junior lo defraudara, estaba seguro de que podría soportarlo. Siempre se las había apañado muy bien solo, y no iba a cambiar entonces.

Además, su hijo había trasladado el cadáver. Y eso lo convertía en cómplice, lo cual era bueno; de hecho, esa era la esencia de la vida de pueblo. En un pueblo pequeño como el suyo todo el mundo tenía que formar parte de todo. ¿Cómo lo decía esa canción tan tonta? «Todos apoyamos al equipo».

– Hijo, ¿estás bien? preguntó.

– Sí -respondió Junior. No era verdad, pero se encontraba mejor, el último dolor de cabeza empezaba a calmarse. Le había ayudado el hecho de pasar un rato con sus amigas, tal como él sabía. La despensa de los McCain no olía muy bien, pero cuando ya llevaba un rato ahí, cogiéndoles las manos, se acostumbró al olor. Creía que incluso podía llegar a gustarle.

– ¿Has encontrado algo en su apartamento?

– Sí.

Junior le contó lo que había hallado.

– Eso es excelente, hijo. Excelente de verdad. ¿Y ya puedes decirme dónde has puesto el… dónde lo pusiste?

Junior negó lentamente con la cabeza, pero sin mover ni un milímetro los ojos, clavados en el rostro de su padre. Daba un poco de miedo.

– No es necesario que lo sepas. Ya te lo dije. Es un lugar seguro, con eso basta.

– Así que ahora eres tú quien me dice lo que es necesario que sepa y lo que no -replicó el padre en tono tranquilo.

– En este caso, sí.

Big Jim miró a su hijo con cautela.

– ¿Estás seguro de que te encuentras bien? Estás pálido.

– Estoy bien. Solo es un dolor de cabeza. Ya se me está pasando.

– ¿Por qué no comes algo? Hay más fettuccini en el congelador, y el microondas los deja al punto. -Sonrió-. Mejor que disfrutemos de ellos mientras podamos.

Los ojos oscuros y escrutadores descendieron un instante hasta la salsa blanca del plato de Big Jim y luego se posaron de nuevo en la cara de su padre.

– No tengo hambre. ¿Cuándo quieres que encuentren los cuerpos?

– ¿Cuerpos? -Big Jim lo miró fijamente-. ¿A qué te refieres con «cuerpos»?

Junior sonrió. Estiró los labios lo suficiente para enseñar un poco los dientes.

– Da igual. Te dará más credibilidad si te llevas la misma sorpresa que los demás. Digámoslo así: en cuanto apretemos el gatillo, el pueblo querrá colgar a Baaarbie de un manzano. ¿Cuándo quieres hacerlo? ¿Esta noche? Porque podría hacerlo.

Big Jim meditó la cuestión. Echó un vistazo a la libreta. Estaba llena de notas (y de manchas de la salsa Alfredo), pero solo una tenía un círculo alrededor: «la zorra del periódico».

– Esta noche no. Podemos aprovecharlo para más cosas aparte de Coggins si jugamos bien nuestras cartas.

– ¿Y si la Cúpula desaparece mientras dura la partida?

– No pasará nada -dijo Big Jim, que pensaba: Y si el señor Barbara es capaz de encontrar una coartada, lo cual no es probable, pero las cucarachas siempre encuentran una rendija por la que escabullirse cuando se encienden las luces, ahí estarás tú. Tú y esos otros cuerpos-. Ahora ve a comer algo, aunque solo sea una ensalada.

Sin embargo, Junior no se movió.

– No esperes mucho, papá -dijo.

– No lo haré.

Junior lo miró fijamente con esos ojos oscuros que ahora le resultaban tan extraños, y luego pareció perder interés. Bostezó.

– Subo a mi habitación a dormir un poco. Ya comeré luego.

– Pero hazlo. Te estás quedando en los huesos.

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