– Yo no -respondió Barbie-. Este aparato es propiedad del pueblo, y a los mandamases no les caigo muy bien. No quiero que me vean con él. -Le ofreció la bolsa a Rusty.

– No puedo. Estoy muy liado.

– Lo sé. -Barbie le dijo a Rusty lo que quería que hiciera. El auxiliar médico escuchó con atención y esbozó una sonrisa.

– De acuerdo -dijo-. Por mí no hay ningún problema. ¿Qué vas a hacer mientras yo te hago los recados?

– Cocinar en el Sweetbriar. El plato especial de esta noche es pollo a la Barbara. ¿Quieres que envíe un poco al hospital?

– Genial -respondió Rusty.

<p>2</p>

En el camino de vuelta al Cathy Russell, Rusty paró en la oficina del Democrat y le dio el contador Geiger a Julia Shumway.

La periodista escuchó atentamente las instrucciones de Barbie y sonrió.

– Ese hombre sabe delegar, tengo que reconocerlo. Será un placer ocuparme de esto.

Rusty pensó en decirle que evitara que alguien la viera con el contador Geiger del pueblo, pero no fue necesario. La bolsa había desaparecido bajo la mesa.

De camino al hospital, llamó a Ginny Tomlinson y le preguntó por el niño que había sufrido un ataque.

– Se llama Jimmy Wicker. Llamó el abuelo. ¿Bill Wicker?

Rusty lo conocía. Bill era el cartero.

– Estaba cuidando de Jimmy mientras la madre iba a llenar el depósito del coche. Casi no queda gasolina normal, por cierto, y Johnny Carver ha tenido las narices de subir el precio a once dólares el galón. ¡Once!

Rusty aguantó el chaparrón con paciencia mientras pensaba que habría podido mantener esa conversación con Ginny cara a cara. Estaba muy cerca del hospital. Cuando acabó de quejarse, le preguntó si el pequeño Jimmy había dicho algo durante el ataque.

– Pues sí. Bill dijo que murmuró un poco. Creo que dijo algo sobre unas estrellas rosadas. O Halloween. O quizá me confundo con lo que dijo Rory Dinsmore después de que le dispararan. La gente ha hablado mucho de eso.

Claro que sí, pensó Rusty con tristeza. Y también hablará de esto, si lo descubren, lo cual es lo más probable.

– De acuerdo -dijo-. Gracias, Ginny.

– ¿Cuándo vas a volver, Red Ryder?

– Estoy aquí al lado.

– Fantástico. Porque tenemos una paciente nueva. Sammy Bushey. La han violado.

Rusty soltó un gruñido.

– Y eso no es todo. La ha traído Piper Libby. Yo no pude sonsacarle el nombre de los violadores, pero creo que la reverenda sí. Ha salido de la habitación como si tuviera el pelo en llamas… -una pausa. Ginny dio un bostezo tan largo que Rusty lo oyó perfectamente-, y estuviera a punto de arderle también el trasero.

– Ginny, cielo, ¿cuándo fue la última vez que dormiste un poco?

– Estoy bien.

– Vete a casa.

– ¿Bromeas? -exclamó, aterrada.

– No. Vete a casa. Duerme. Y no pongas el despertador. -Entonces se le ocurrió una idea-. Pero de camino pásate por el Sweetbriar Rose. Van a hacer pollo. Me lo ha dicho una fuente fiable.

– Pero Sammy…

– Le echaré un vistazo dentro de cinco minutos. Ahora quiero que te largues.

Y colgó el teléfono antes de que ella pudiera protestar.

<p>3</p>

Big Jim Rennie se sentía increíblemente bien para ser un hombre que había cometido un asesinato la noche anterior, lo cual se debía, en parte, a que no lo consideraba un asesinato, del mismo modo que no consideraba un asesinato la muerte de su esposa. Fue el cáncer lo que acabó con ella. No se podía operar. Sí, a buen seguro le había dado demasiados calmantes durante la última semana, y al final incluso había tenido que ayudarla tapándole la cara con una almohada (pero suave, muy suave, dificultándole la respiración, empujándola hacia los brazos de Jesús), pero lo había hecho por amor y afecto. Lo que le sucedió al reverendo Coggins fue algo más brutal, tenía que reconocerlo, pero es que el hombre se había comportado como un estúpido. Fue incapaz de anteponer el bienestar del pueblo al suyo.

– Bueno, ahora estará cenando con Jesucristo nuestro Señor -dijo Big Jim-. Carne asada, puré de patatas con salsa y crujiente de manzana de postre.

Rennie estaba dando buena cuenta de un gran plato de fettuccini Alfredo, cortesía de los congelados Stouffer's. Supuso que contenían demasiado colesterol, pero el doctor Haskell no estaba ahí para darle la tabarra.

– Te he sobrevivido, viejo bobo -dijo Big Jim a su estudio vacío, y soltó una carcajada.

Tenía el plato de pasta y el vaso de leche (Big Jim Rennie no bebía alcohol) sobre el escritorio. Comía a menudo en el estudio, y no veía ningún motivo para cambiar de costumbre por el mero hecho de que Lester Coggins hubiera hallado la muerte allí. Además, la habitación volvía a estar decente y limpia como una patena. Imaginaba que una de esas unidades de investigación que salían en la televisión podría encontrar muchos rastros de sangre con su luminol, sus luces especiales y todas esas cosas, pero ninguna de esas personas iba a aparecer por ahí en el futuro inmediato. En cuanto a la posibilidad de que Pete Randolph investigara el asunto… esa idea era de risa. Randolph era un idiota.

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