Las dos primeras personas que ven el cartel son Gina Buffalino y su amiga Harriet Bigelow. Las dos chicas van vestidas con el uniforme blanco de enfermera (ha sido idea de Ginny Tomlinson; le ha dado la sensación de que la bata blanca inspiraría más confianza entre los pacientes que los delantales de voluntarias sanitarias) y están monísimas. También parecen cansadas a pesar de su juvenil capacidad de resistencia. Han sido dos días duros y tienen otro entero por delante después de una noche de pocas horas de sueño. Han ido a buscar chocolatinas (comprarán suficientes para todo el mundo menos para el pobre Jimmy Sirois, que es diabético; ese es el plan) y están hablando de la lluvia de meteoritos. La conversación cesa cuando ven el cartel en la puerta.

– El súper no puede haber cerrado -dice Gina sin dar crédito-. Es martes por la mañana. -Pega la cara al cristal y se hace sombra con las manos a los lados para tapar el brillo del radiante sol matutino.

Mientras está ocupada en eso, Anson Wheeler llega con Rose Twitchell de copiloto. Han dejado a Barbie en el Sweetbriar, terminando con el servicio del desayuno. Rose baja de la pequeña furgoneta, que tiene su nombre pintado en el lateral, antes aún de que Anson haya apagado el motor. Lleva una larga lista de alimentos básicos y quiere conseguir todo lo que pueda lo más rápido que pueda. Entonces ve el CERRADO HASTA NUEVO AVISO colgado en la puerta.

– ¿Qué narices es esto? Si vi a Jack Cale anoche mismo y no me dijo ni una palabra…

Está hablando con Anson, que la sigue resoplando, pero es Gina Buffalino la que contesta.

– Además, todavía está lleno de cosas. En las estanterías hay de todo.

Otras personas se acercan. El súper tendría que abrir dentro de cinco minutos y Rose no es la única que había planeado empezar temprano con las compras; gente de diferentes puntos del pueblo se ha despertado, ha visto que la Cúpula sigue en su lugar y ha decidido aprovisionarse de alimentos. Cuando más tarde se le pregunte por esa repentina precipitación, Rose dirá: «Lo mismo sucede cada invierno cuando el departamento de climatología convierte una alerta de tormenta en alerta de tormenta de nieve. Sanders y Rennie no podrían haber escogido peor día para salir con esa chorrada».

Entre los primeros en llegar están las unidades Dos y Cuatro de la policía de Chester's Mills. No muy por detrás de ellos llega Frank DeLesseps en su Nova (ha arrancado la pegatina de SEXO, DROGAS O GASOIL porque le ha dado la sensación de que no era muy adecuada para un agente de la ley). Carter y Georgia van en la Dos; Mel Searles y Freddy Denton en la Cuatro. Han aparcado algo más allá, junto a LeClerc's Maison des Fleurs, por orden del jefe Randolph. «No tenéis por qué llegar demasiado pronto», les ha informado. «Esperad hasta que en el aparcamiento haya una docena de coches más o menos. Eh, a lo mejor ven el cartel, se van a casa y ya está.»

Eso no sucede, por supuesto, tal como Big Jim sabía. Y la aparición de los agentes, sobre todo de esos tan jóvenes e inexpertos, sirve de provocación más que de apaciguamiento. Rose es la primera que protesta. Escoge a Freddy y le enseña su larga lista de la compra, luego señala por la ventana, donde la mayoría de las cosas que quiere se ven ordenadamente alineadas en las estanterías. Freddy se muestra educado al principio, consciente de que la gente (que todavía no es una multitud) los está mirando, pero es difícil mantener la calma con esa pintamonas malhablada delante de las narices. ¿Es que no se da cuenta de que él solo está cumpliendo órdenes?

– ¿Quién te crees que está dando de comer a esta ciudad, Fred? -pregunta Rose. Anson le pone una mano en el hombro. Rose se la quita de encima. Sabe que Freddy ve rabia en lugar de la profunda inquietud que siente ella, pero no puede evitarlo-. ¿Crees que un camión de distribuciones Sysco lleno de provisiones va a caernos en paracaídas desde el cielo?

– Señora…

– ¡Ay, déjalo ya! ¿Desde cuándo soy una «señora» para ti? Llevas veinte años viniendo a mi cafetería cuatro y cinco días a la semana a comer crepes de arándanos y ese asqueroso beicon reblandecido que tanto te gusta, y siempre me has llamado Rosie. Pero mañana no vas a comerte ningún crepe a menos que consiga algo de harina y un poco de manteca y algo de sirope y… -Se interrumpe-. ¡Por fin! ¡Algo de sensatez! ¡Gracias, Señor!

Jack Cale está abriendo una de las puertas dobles. Mel y Frank han ocupado posiciones justo delante, y Jack apenas tiene espacio para pasar entre ambos. Los posibles clientes (ya hay un par de docenas, aunque todavía falta un minuto para la hora oficial de apertura del supermercado, las nueve de la mañana) avanzan en tropel y solo se detienen cuando Jack escoge una llave del manojo que lleva en el cinturón y vuelve a cerrar. Se produce un gemido colectivo.

– ¿Por qué narices has hecho eso? -exclama Bill Wicker, indignado-. ¡Mi mujer me ha encargado huevos!

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