Quedó el padre Bartolomeu Lourenço satisfecho con el lance, era el primer día, mandados así, a la ventura, en medio de una ciudad afligida por la enfermedad y el luto, ahí hay veinticuatro voluntades para asentar en el papel. Pasado un mes, calcularán haber guardado en el frasco un millar de voluntades, fuerza de elevación que el cura suponía suficiente para una esfera, con lo que entregó un segundo frasco a Blimunda. Ya en Lisboa se hablaba mucho de aquella mujer y de aquel hombre que recorrían la ciudad de punta a punta, sin miedo a la epidemia, él atrás, ella delante, siempre silenciosos, en las calles por donde andaban, en las casas donde no se entretenían más que un momento, ella bajando los ojos cuando tenía que pasar ante él, y si el caso, repetido todos los días, no causó mayores sospechas ni extrañeza, fue porque empezó a correr la noticia de que estaban cumpliendo una penitencia, patraña inventada por el padre Bartolomeu Lourenço cuando se oyeron las primeras murmuraciones. Con un poco más de imaginación habría hecho de la misteriosa pareja dos enviados del cielo, propiciatorios de un buen final para los moribundos, refuerzo de la extremaunción, quizá debilitada por el uso continuado. Un nada basta para deshacer reputaciones, un casi nada las hace y rehace, la cuestión es encontrar el camino cierto para la credulidad o para el interés de los que van a ser eco inocente o cómplice.