Cuando la epidemia terminó, ya iban rareando los casos mortales y de repente empezó la gente a morir de otra cosa, había ya en los frascos dos mil voluntades. Entonces enfermó Blimunda. No tenía dolores, fiebre no se le notaba, sólo una extrema delgadez, una palidez profunda que daba transparencia a su piel. Yacía en el jergón, con los ojos siempre cerrados, noche y día, pero no como si durmiera o reposara, sino con los párpados crispados y una expresión de agonía en el rostro. Baltasar no salía de su lado, a no ser para preparar la comida o para satisfacer necesidades expulsorias del cuerpo, que no quedaba bien hacerlo allí mismo. El padre Bartolomeu Lourenço, sombrío, se sentaba en el tronco y permanecía horas allí. De vez en cuando parecía rezar, pero nadie pudo nunca comprender las palabras que murmuraba y a quién las dirigía. Dejó de oírlos en confesión, y dos veces que Baltasar, sintiéndose obligado, hizo vaga mención a pecados que, por acumularse, se van olvidando, respondió que Dios ve en los corazones y no necesita que alguien absuelva en su nombre, y si los pecados son tan graves que no deben pasar sin castigo, éste vendrá por el camino más corto, si el mismo Dios lo quiere, o serán juzgados en lugar propio, cuando llegue el fin de los tiempos, si, entre tanto, las buenas acciones no han compensado por sí mismas las malas, pudiendo ocurrir también que acabe todo en un perdón general o en universal castigo, sólo está por saber quién ha de perdonar a Dios o castigarlo. Pero, mirando a Blimunda, consumida y retirada del mundo, el cura se mordía las uñas, se arrepentía de haberla mandado a las instancias vecinas de la muerte con tanta continuidad que su vida tendría que padecer, como se estaba viendo, esa otra tentación de pasar al lado de allá, sin ningún dolor, sólo como quien renuncia a la seguridad de las orillas del mundo y se deja ir al fondo.

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