Con todo esto, parece imposible que aún muera gente, habiendo tanto remedio y tanta salvaguarda, alguna irreparable falta a los ojos de Dios habrá cometido Lisboa para que mueran en esta epidemia cuatro mil personas en tres meses, lo que representa más de cuarenta cadáveres por enterrar cada día. Quedaron las playas sin piedras y calladas las lenguas de los que murieron, impedidos éstos de explicar que tal farmacia no iba a curarlos. Pero, aunque lo dijeran, eso mismo demostraría su impenitencia, pues no debía ser causa de asombro que curaran las piedras fiebres malignas sólo por reducirse a polvo y mezclarse en el cordial o en caldo, cuando tan divulgado fue lo acontecido con la madre Teresa de la Anunciación, que cuando estaba haciendo pastelillos y faltándole azúcar, la mandó pedir a una religiosa de otro monasterio, y habiendo contestado ésta que no valía la pena que se la mandara, pues era de mala calidad, quedó la madre en aflicción extrema, y qué voy a hacer ahora con mi vida, pues haré caramelos, que es obra menos fina, entendámonos bien, no fue con su propia vida con lo que hizo los caramelos, fue con azúcar, pero en cuanto ésta tomó el punto respectivo, se abatió tanto y quedó tan amarilla que más parecía resina que dulzor aprovechable, ay qué aflicción, a quién voy a reclamar, volvióse la madre al Señor y lo puso ante sus responsabilidades, el método suele resultar, recordemos lo de San Antonio y las lámparas de plata, Vos, Señor, sabéis muy bien que no tengo más azúcar ni de donde me venga, la obra no es mía, sino vuestra, disponed vos como bien entendáis, la virtud la pondréis vos, no yo, y habiendo dicho esto, recordando que quizá no bastara con la intimación, cortó una parte de la cuerda que el Señor llevaba en la cintura y la echó al tacho, y dicho y hecho, empieza el azúcar, de amarillenta y abatida, a volverse blanca y alzada, y de allí se hicieron caramelos como en tiempo alguno se había visto en toda la historia de los monasterios. Ya ven. Y si hoy no siguen haciéndose milagros de esta confitería es porque se le acabó la cuerda al Señor, partida en pedacitos y distribuida por cuantas congregaciones había de monjas confiteras, son tiempos que no volverán jamás.

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