Cansados de la caminata, de tanto subir y bajar escaleras, se recogieron Blimunda y Baltasar en la quinta, siete mortecinos soles, siete pálidas lunas, ella sufriendo de una insoportable náusea, como si volviera del campo de batalla, de ver mil cuerpos destrozados por la artillería, y él, si quisiera adivinar lo que vio Blimunda, le bastaría reunir en un solo recuerdo la guerra y el matadero. Se acostaron, y aquella noche no se quisieron sus cuerpos, no tanto por fatiga, que bien sabemos hasta qué punto es tantas veces buena consejera de los sentidos, sino por algo así como una consciencia excesiva de los órganos internos, como si éstos se les hubieran salido de la piel, tal vez sea difícil de explicar, pues es con la piel como los cuerpos se conocen, reconocen y aceptan, y si ciertas profundas penetraciones, ciertos íntimos contactos son entre mucosa y piel, casi no se nota la diferencia, es como si se hubiera buscado y encontrado una piel más remota. Duermen los dos, cubiertos por una manta vieja, ni se desnudaron, causa admiración ver tan grande empresa entregada a dos vagabundos, peor ahora, que ya se les ha apagado la lozanía de la juventud, son como piedras de fundamentos, sucias de tierra que refuerzan, y también como ellas aplastados bajo el peso de lo que ha de venir. La luna, esa noche, nació tarde, estaban durmiendo y no la vieron, pero su luz entró por las rendijas, recorrió lentamente todo el chamizo, la máquina de volar, y, al pasar, iluminó el frasco de vidrio, distintamente se veían dentro de él las nubes cerradas, quizá porque nadie estaba mirando, quizá porque la luz de la luna sea capaz de mostrar lo invisible.