No se nota su falta. El carro va cuesta arriba, tan lentamente como vino, si Dios tuviera piedad de los hombres hubiera hecho un mundo raso como la palma de la mano, tardarían las piedras menos en llegar. Ésta ya lleva cinco días, ahora por mejor camino, cuando esté vencida la cuesta, pero siempre en desasosiego de espíritu, que del cuerpo ya no vale la pena hablar, les duelen a los hombres todos los músculos, pero quién se queja si para esto precisamente les fueron dados. La boyada no discute ni se queja, sólo se niega, hace que tira y no tira, el remedio es dejarlos descansar un rato, acercarles un puñado de paja al hocico, al cabo de un rato están como si holgaran desde ayer, ondulan las grupas camino adelante, es un gusto verlos. Mientras no aparece otra bajada, otra subida. Entonces se agrupan las huestes, se reparten los esfuerzos, tantos para aquí, tantos para allá, tiren, Eeeeiiii-ó, grita la voz, tataratatá, sopla la corneta, realmente, esto es un campo de batalla, no faltan ni los muertos y heridos, no siendo todos de la misma calidad, cómo diríamos, cuatro cabezas, que es buena manera de contar.