Cuando la piedra llegó al fondo del valle, las yuntas volvieron a ser uncidas, quizá el mandador de las desgracias se arrepintió de su primera parsimonia, pues fue el caso que la plataforma cedió hacia atrás sobre un afloramiento de roca y apresó a dos animales contra la ladera cortada a pico, partiéndoles las piernas. Fue preciso acabar con ellos, a hachazos, y cuando se difundió la noticia vinieron los vecinos de Cheleiros al reparto, allí mismo fueron descuartizados los bueyes, corría la sangre por el camino, en regueros, de nada sirvieron a los soldados los varazos que repartieron, mientras hubo carne agarrada a los huesos estuvo el carro parado. Entre tanto, anocheció. Armóse el campamento en aquel lugar, unos en el camino, otros dispersos por la orilla del río. El veedor y algunos de sus auxiliares fueron a dormir bajo techado, los demás, en la forma de costumbre, enrollados en las mantas, extenuados por el descenso al centro de la tierra, sorprendidos aún por estar vivos, y algunos resistiéndose al sueño, por miedo a que viniera la muerte. Los más amigos de Francisco Marques fueron a velarlo, Baltasar, José Pequeno, Manuel Milho, unos cuantos más, Bras, Firmino, Isidro, Onofre, Sebastián, Tadeo, y otro de quien no he hablado, Damián. Entraban, miraban al muerto, cómo es posible que muera un hombre de muerte tan violenta y parezca tan sereno, como si durmiera, sin pesadillas, sin molestias, después murmuraban una oración, ésa es la viuda, no sabemos cómo se llama, y de nada serviría a nuestra historia que la preguntásemos, si es que de algo sirvió escribir el nombre de Damián, sólo por escribir. Al día siguiente, antes de salir el sol, reanudará la piedra su viaje, en Cheleiros quedó un hombre por enterrar, queda también la carne de dos bueyes para comer.