Por la tarde cayó un aguacero, y bienvenido fue. Volvió a llover cuando ya había cerrado la noche, pero nadie protestó. Ésta es la mejor sabiduría, no dar importancia a lo que el cielo manda, lluvia o sol, salvo si pasa a más, e incluso así, que no bastó un diluvio para ahogar a todos los hombres, ni la sequía es nunca tan grande que no se salve una brizna de hierba o la esperanza de encontrarla. Llovió como una hora, si llegó a tanto, después las nubes se alejaron, que hasta las nubes se sienten humilladas si no se les da importancia. Se atizaron las hogueras, hombre hubo que se quedó en pelota para secar los andrajos, se diría que era ésta una juntanza de paganos, cuando sabemos que es la más católica de las acciones, llevar la piedra a García, la carta a Mafra, el esfuerzo avante, la fe a quien pudiese merecerla, condición sobre la que discutiríamos sin fin si no fuera porque está Manuel Milho contando su historia, falta aquí un oyente, sólo yo, y tú, y tú, notamos su ausencia, otros ni sabían que existiera Francisco Marques, algunos lo vieron muerto, la mayor parte ni eso, no vayamos a pensar que desfilaron seiscientos hombres ante el cadáver en un último y conmovido homenaje, ésas son cosas que sólo acontecen en las epopeyas, vamos, pues, con nuestra historia, Un día, la reina desapareció del palacio donde vivía con su marido rey y con sus hijos infantes, y, como habían corrido rumores de que la charla en la cueva no había sido la cabal entre reinas y ermitaños, que más bien pareció paso de danza y cola de pavo real, le entraron al rey unos celos furiosos y fue a la cueva, imaginándose ya con su honra manchada, que los reyes son así, tienen una honra mayor que la de los otros hombres, se nota en seguida por la corona, y, cuando llegó, no vio ni al ermitaño ni a la reina, y eso le puso aún más furioso, porque era señal cierta de que habían huido los dos, por lo que mandó al ejército en busca de los fugitivos por todo el reino, y mientras los buscan, vámonos a dormir, que ya es hora. José Pequeno protestó, Nunca se ha oído una historia así, a trocitos, y Manuel Milho enmendó, Cada día es un trozo de historia, nadie puede contarla toda, y Baltasar iba pensando, A quien le gustaría este Manuel Milho era al padre Bartolomeu Lourenço.