Al día siguiente, que fue domingo, hubo misa y sermón. Para ser oído con más provecho, predicó el cura desde encima del carro, tan airoso como si estuviera en el púlpito, y no se daba cuenta el imprudente de que estaba cometiendo la mayor de las profanaciones, ofendiendo con las sandalias esta piedra de altar, que lo es por haberle sido sacrificada sangre inocente, la sangre del hombre de Cheleiros que tenía hijos y mujer, el que quedó sin un pie en Pêro Pinheiro cuando aún no se había puesto en marcha el cortejo, y los bueyes, no debemos olvidar a los bueyes, por lo menos no los olvidarán tan pronto los vecinos que fueron al reparto y que hoy mismo, domingo, tienen comida mejorada. Predicó el fraile y dijo, como dicen todos, Amados hijos, desde el cielo nos ve Nuestra Señora y su Divino Hijo, desde el cielo nos contempla también nuestro padre San Antonio, por cuyo amor llevamos esta piedra a Mafra, piedra pesada, cierto es, pero mucho más pesados son vuestros pecados, y sin embargo andáis con ellos en el corazón como si no os pesaran, por eso debéis tomar este transporte como penitencia, y amorosa oferta también, singular penitencia, oferta extraña, pues no sólo os pagan el salario del contrato, sino que también os la remunerará la indulgencia del cielo, porque en verdad os digo que llevar esta piedra a Mafra es obra tan santa como fue la de los antiguos cruzados cuando partieron para liberar los Santos Lugares, sabed que todos cuantos allá murieron gozan hoy de la vida eterna, y junto a ellos contemplando la faz del Señor, está allí ya ese vuestro compañero que murió anteayer, precioso suceso fue que su muerte ocurriera en viernes, sin duda murió sin confesión, no hubo tiempo de que se acercara un sacerdote a su cabecera, ya estaba muerto cuando fuisteis por él, pero lo salvó el ser cruzado de esta cruzada, como a salvo están los que en Mafra han muerto en las enfermerías o cayeron de las paredes, excepto aquellos irredimibles pecadores que fueron llevados por enfermedades vergonzosas, y es tanta la misericordia del cielo que se abren las puertas del paraíso incluso para aquellos que mueren de cuchilladas, en esas peleas en que siempre andáis metidos, que nunca se ha visto gente tan creyente y tan díscola y turbulenta, pero, así y todo, la obra sigue, Dios nos dé paciencia a nosotros, a vosotros fuerza y al rey dinero para llevarla a buen fin, que muy necesario es este convento para el fortalecimiento de la orden y triunfo prolongado de la fe, amén. Se acabó el sermón, bajó del carro el fraile y como era domingo, fiesta santa y de guardar, no había nada más que hacer, algunos fueron a confesarse, otros comulgaron, no todos, no sería bastante la reserva de sagradas formas, salvo si se diera allí el milagro de la multiplicación de las hostias, caso no verificado. A la caída de la tarde se armó una pelea entre cinco cruzados de esta cruzada, episodio que pasa sin más detallado relato, no hubo más que puñetazos y sangre en alguna nariz. Si hubiera muertos, iban todos directos al paraíso.

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