Y los otros, qué hacen los otros. Éstos rondan por estas calles siempre cenagosas de las aguas perdidas, van a ciertos rincones donde las casas son también de tablas, tal vez construidas por previsión de la veeduría, que no ignora lo que son necesidades de hombre, tal vez por la usura de un contratista de burdeles, quien hizo la casa, la vendió, quien la compró, la alquiló, quien la alquiló, se alquiló, más afortunado fue el burro que Baltasar y Blimunda llevaron al monte, que le pusieron lirios en la cabeza, a estas mujeres nadie les lleva flores por detrás de sus postigos, sólo un sexo impaciente que a oscuras entró y salió, cuántas veces llevando consigo el principio de podredumbre, el gálico, y entonces gimen los pobres, tan desgraciados como las desgraciadas que los contaminaron, corre el pus por las piernas abajo en flujo sin fin, no es enfermedad que los cirujanos admitan en las enfermerías, el remedio, si lo hay, es aplicar en las partes un zumo de consuelda, que es planta milagrosa que da para todo y no cura nada. Aquí llegaron chicarrones que hoy, pasados tres o cuatro años, están podridos de pies a cabeza. Vinieron limpias mujeres que cuando acabaron de morir tuvieron que ser enterradas en lo más profundo porque se deshacían en pura purulencia y envenenaban el aire. Al día siguiente, la casa tiene nueva inquilina. El jergón es el mismo, los trapos ni siquiera han sido lavados, un hombre llama a la puerta y entra, no hay preguntas que hacer ni respuestas que dar, el precio es conocido, se afloja él los calzones, levanta ella las sayas, gimió él su goce, ella no precisa fingir, estamos entre gente seria.

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