Delante, por ser ambos de mayor grandeza corporal y caberles por tanto justa capitanía, van San Vicente y San Sebastián, mártires los dos, aunque del martirio de aquél no haya más señal que la simbólica palma, el resto son atavíos de diácono y emblemático cuervo, mientras que el otro santo se presenta en su conocida desnudez, atado al árbol, con aquellos mismos horribles agujeros de las heridas de donde por prudencia desencajaron las flechas, que no se partieran en el viaje. Luego, vienen las damas, tres gracias preciosas, la más bella de todas Santa Isabel Reina de Hungría, que murió a los veinticuatro años, y después Santa Clara y Santa Teresa, mujeres apasionadas, que ardieron en fuego interior, es lo que se presume de sus acciones y palabras, cuánto más presumiríamos si supiésemos de qué está hecha el alma de las santas. También van llegando Santa Clara y San Francisco que no es de extrañar la preferencia, se conocen de Asís y se encontraron ahora en este camino de Pinteus, de poco valdría la amistad, o lo que fuera que los unió, si no continuasen la conversación interrumpida, como íbamos diciendo. Si éste es el lugar que realmente mejor convendría a San Francisco, por ser, entre todos los santos de esta leva, el de más femeniles virtudes, de más manso corazón y alegre voluntad, también en lugar cabal vienen Santo Domingo y San Ignacio, ambos ibéricos y sombríos, incluso demoníacos, si no es esto ofender al demonio, y si, en definitiva, no sería justo decir que sólo un santo sería capaz de inventar la inquisición y otro santo la modelación de las almas. Es evidente, para quien conozca a estos policías, que San Francisco está bajo sospecha.

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