Probado está que Dios ama a sus criaturas. Después de, por espacio de tantos kilómetros y tiempo de tantos días, probarles la paciencia y la constancia, mandándoles fríos insoportables y lluvias como el diluvio, conforme queda relatado por menudo, quiso ahora premiar su resignación y su fe. Y como para Dios nada es imposible, le bastó hacer subir la presión atmosférica, poco a poco se alzaron las nubes, apareció el sol, y todo esto ocurrió mientras los embajadores estudiaban la forma en que los reyes se habían de tratar, espinosa negociación, fueron precisos tres días para rematar el acuerdo, estudiados al fin todos los pasos, gestos y decires, minuto por minuto, para que nada fuese en desdoro de ninguna de las dos coronas en actitud o palabra de menor precio en comparación con la vecina. Cuando, el día diecinueve, salió el rey de Elvas camino de Caia, que está ahí mismo, llevando a la reina y a los príncipes, con los infantes todos, hacía el más hermoso tiempo que se podía desear, lleno de sereno y agradable sol. Imagine, pues, quien allá no estuvo, las galas del extensísimo cortejo, los frisones de trenzadas crines tirando de las carrozas, el centelleo del oro y de la plata, las trompetas y atabales a porfía, las insignias de la religión, las deslumbrantes pedrerías, ya habíamos visto todo esto bajo la lluvia, ahora juraremos que no hay nada como el sol para alegrar la vida a los hombres y dar lustre a las ceremonias.