Detrás de San Juan de Dios, cuya casa en Montemor fue visitada, hace ya más de año y medio, por Don Juan V, cuando llevó a la princesa a la frontera, y de esa visita no se habló en la ocasión propia, lo que demuestra la poca importancia que damos a las glorias nacionales, ojalá el santo nos perdone esta ofensa de omisión, detrás de San Juan de Dios, decimos, vienen media docena de otros bienaventurados de menos relumbrón, sin menosprecio de los muchos atributos y virtudes que los adornan, pero la experiencia nos enseña todos los días que, si no ayuda la fama en el mundo, no se alcanza la celebridad en el cielo, desigualdad flagrante de que son víctimas todos estos santos reducidos, por su menor significación, a los simples nombres, Juan de Mata, Francisco de Paula, Cayetano, Félix de Valois, Pedro Nolasco, Felipe Neri, que enunciados así parecen nombres comunes, pero no se pueden quejar, va cada cual en su carro, y no de cualquier manera, tumbaditos como los otros de cinco estrellas en blando lecho de estopa, lana y sacos de hojas, de este modo no se arruga el pliegue ni se tuerce la oreja, son éstas las fragilidades del mármol, tan duro que parece, y con dos golpes pierde Venus los brazos. Y nosotros vamos perdiendo la memoria, aún ahora juntamos a Bruno, Benito y Bernardo con Baltasar y Blimunda, y olvidamos a Bartolomeu, de Gusmão o Lourenço, como quieran, pero despreciado no. Bien verdad es el dicho, ay de quien muere, y dos veces ay si no había santidad verdadera o fingida que lo salvara.