Fue todo muy conmovedor, lloraron las madres y las hijas, los padres cargaron el ceño para disfrazar el sentimiento, los prometidos se miraban de soslayo, gustándose o no, ellos sabrán, ellos lo callarán. Amontonado en las márgenes del río, el pueblo no veía nada de lo que estaba ocurriendo, pero se servía de sus propias experiencias y recuerdos de boda, e imaginaba los abrazos de los consuegros, las efusiones de las consuegras, las malicias insinuadas de los novios, los rubores calculados de las novias, al fin y al cabo, tanto hace rey como carbonero, y nada hay mejor que un buen revuelque, la verdad es que somos un pueblo de patanes.

Duró su tiempo la ceremonia. A las tantas acabó por callar la multitud, apenas se movían las oriflamas y los estandartes en los mástiles, los soldados miraron todos hacia el puente y la casa. Había empezado a oírse una música tenue, suavísima, un tintineo de campanillas de cristal y plata, un arpegio a veces ronco, como si la emoción oprimiera la garganta de la armonía, Qué es esto, preguntó una mujer al lado de João Elvas, y el viejo contestó, No lo sé, alguien debe de estar tocando para diversión de sus majestades y altezas, si estuviera aquí mi hidalgo, le preguntaría, él lo sabe todo, es de ellos. Acabará la música, se irán todos a donde tengan que ir, sigue fluyendo sosegadamente el río Caia, de banderas no queda un hilo, de tambores ni un redoble, y João Elvas nunca llegará a saber que oyó a Domenico Scarlatti tocando su clavicordio.

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