Andada media legua, por causa de tropezones, de esos que abren boca en la yema del dedo gordo, o arista asesina, o el roce continuo de las plantas en la aspereza del suelo, ya los pies de los más delicados iban sangrando, rastro de pías y bermejas flores, sería un bello cuadro católico si no fuera tanto el frío, si no mostraran los novicios los labios agrietados, los ojos lagrimeantes, cuánto cuesta ganar el cielo. Iban rezando en los breviarios, anestésico prescrito para todos los dolores del alma, pero éstos son del cuerpo, y un par de sandalias sustituiría con provecho a la más eficaz de las oraciones, Dios mío, si te empeñas en esto, aparta de mí las tentaciones, pero primero aparta esa piedra del camino, ya que eres el padre de las piedras y de los frailes, y no padre de ellas y padrastro mío. No hay vida peor que la de novicio, a no ser, dentro de muchos años, la de mozo recadero, y hasta nos sentimos tentados a decir que el novicio es como un mozo recadero de Dios, que lo diga si no un tal fray Juan de Nuestra Señora, novicio que fue de esta misma orden franciscana y que ha de ir ahora como predicador a Mafra en el tercer día de la consagración, pero no llegará a hablar porque es sólo sustituto, que lo diga este fray Redondo, así llamado por la mucha gordura que de fraile ganó, que en tiempos de su noviciado y delgadez anduvo por el Algarve pidiendo borregos para el convento, tres meses pasó en esto, roto, descalzo, mal comido, imaginen el tormento, juntar los animales, ir de lugar en lugar con el rebaño, pedir por el amor de Dios un borreguito más, llevarlos todos a pastar, y, mientras practicaba tan religiosos actos, sentir que el estómago le da saltos de pura hambre, sólo pan y agua, y con la tentación de un estofado ante los ojos. Vida mortificada es toda una, sea la del novicio, el recluta o el mancebo de comercio.