Vistas las dificultades, fue el cura al gobernador de este transporte y pidió consulta de los papeles de exportación que habían venido de Italia, sutileza que le valió recuperar su quebrantada credibilidad, y entonces pudieron ver los vecinos de Fanhões a su ignorante pastor, alzado sobre el muro del atrio, pregonando los benditos nombres por el orden en que iban pasando los carros, hasta el último, que por casualidad era San Cayetano, conducido por José Pequeno, que tanto sonreía de los aplausos como reía de quien los daba. Pero este José Pequeno es criatura malvada, por eso lo castigó Dios, o el diablo lo castigó, con la corcova que lleva encima, habrá sido Dios el del castigo, porque no consta que tenga el diablo esos poderes en vida del cuerpo. Se acabó el desfile, sigue el santerío camino de Cabeco de Monte Achique, buen viaje.

Menos bueno lo tienen los novicios del convento de San José de Ribamar, cercano a Algés y Carnaxide, que andan a estas horas pateando el camino hacia Mafra, por orgullo o vicaria mortificación de su provincial. Fue el caso que, aproximándose la fecha de la consagración del convento, se empezó a acomodar y a poner en buen orden los cajones que de Lisboa se iban enviando con los paramentos para el culto divino y las cosas necesarias para el servicio de la comunidad que en dicho convento iba a habitar. Fueron éstas las órdenes dadas por el provincial, quien en el momento oportuno dio otras, a saber, que siguieran camino los novicios hasta la nueva casa, lo que, llegado a conocimiento del rey, movió el corazón de este piadosísimo señor, que quiso fuesen los novicios en sus falúas hasta el puerto de San Antonio do Tojal, reduciéndoles así el trabajo y la fatiga del camino. Sin embargo, estaban tan alterados los mares, tan agitados por la furia de los vientos, que sería locura suicida intentar tal navegación, visto lo cual propuso el rey entonces que los novicios viajasen en sus coches, a lo que el provincial respondió, ahora sí, ardiendo en santo escrúpulo, Qué es esto, señor, exagerar comodidades a quien se debe a los cilicios, procurar ocios a quien ha de ser vigilante centinela, mullir cojines a quien se prepara para sentarse en espinos, nunca vea yo tal cosa, señor, o dejo de ser provincial, irán a pie, para ejemplo y edificación de la gente de esos pueblos, no son más que Nuestro Señor, que sólo anduvo en burro una vez.

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