Ante argumentos de tanta sustancia retiró Don Juan V la oferta de los coches, como había retirado la de las falúas, y los novicios, llevando consigo sólo los breviarios, salieron del convento de San José de Ribamar por la mañana, treinta aturdidos y bisoños adolescentes, con su maestro fray Manuel da Cruz, y otro fraile de guardia, fray José de Santa Teresa. Pobres muchachos, pobres pajarillos implumes, no bastaba que fueran los maestros de novicios, por infalible regla, los más temibles tiranos, con aquella obstinación de las disciplinas diarias, seis, siete, ocho, hasta quedar los pobres con el lomo en carne viva, no bastaba esto, y aun cosas peores, como tener que cargar sobre sus espaldas llagadas y heridas todos los pesos para que no llegasen a sanar, y tenían ahora que caminar seis leguas descalzos, por montes y valles, sobre piedras y barro, caminos tan malos que, comparados con ellos, fue suave prado el suelo pisado por el burro que llevó a la Virgen en su fuga a Egipto, de San José ya no hablamos por ser modelo de paciencia.

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