Estaban cerradas todas las puertas y ventanas del palacio, y la finca abandonada, sin cultivo. A un lado del patio espacioso había un granero, o lugar para guardar los aperos, o bodega, estando vacío no se podía saber su uso, pues para granero faltaban trojes, para guardar los aperos tampoco, pues no se veían las argollas, y bodega no hay sin toneles. Esta puerta tenía un candado donde entraba una llave tan sinuosa como si estuviera escrita en arábigo. El cura retiró la tranca, empujó la puerta, al fin no estaba vacía la gran casa, se veían piezas de lona, barrotes, rollos de alambre, planchas de hierro, haces de mimbres, todo ordenado por especies, en buen orden, y, en medio, en el espacio desahogado, lo que parecía una enorme concha, toda erizada de alambres como un cesto que, a medio hacer, muestra las guías del entramado.

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