Para Doña María Ana va llegando ya el tiempo. La barriga no le aguanta el crecimiento por mucho que dé de sí la piel, es una panza enorme, una nao de la india, una flota del Brasil, de vez en cuando manda el rey saber cómo va la navegación del infante, si se ve ya a lo lejos, si trae buen viento o si ha sufrido asaltos como los que sufren nuestras escuadras, que aún ahora, a la altura de las islas, tomaron los franceses seis naos mercantes nuestras y una de guerra, que todo esto y mucho más se podía esperar de los cabos que tenemos y de los convoyes que armamos, y ahora parece que van los dichos franceses a esperar al resto de nuestros barcos a la entrada de Pernambuco y de Bahía, si es que no están ya al acecho de la flota que debe haber salido de Río de Janeiro. Tantos han sido nuestros descubrimientos cuando había tierras por descubrir, y ahora nos pasan los otros a capa como a toros inocentes, sin arte de corneo, o sólo casualidad. A Doña María Ana llegan también estas noticias, malas cosas que siempre han ocurrido hace un mes, dos meses, cuando el infante aún era en su vientre una gelatina, un renacuajo, un cuerpecito cabezudo, es curioso cómo se forman un hombre y una mujer, indiferentes, allá dentro de su huevo, al mundo de fuera, y pese a todo a este mundo tendrá que enfrentarse, como rey o soldado, como fraile o como asesino, como inglesa en Barbadas o sentenciada en Rossío, alguna cosa siempre, que todo nunca puede ser, y nada menos aún. Porque, en fin, podemos huir de todo, pero no de nosotros mismos.