Pero no conviene perder de vista las diferencias, que son muchas. Llevaron la princesa a bautizar el día de Nuestra Señora de la O, día por excelencia contradictorio, pues está ya la reina libre de sus redondeces, y se observa que, finalmente, no todos los príncipes son príncipes por igual, como con mucha claridad muestra la pompa y solemnidad con que se dará nombre y sacramento a éste, o ésta, con todo el palacio y la capilla real armados de paños y oros, y la corte adornada de galas, que apenas se distinguen las facciones y los cuerpos bajo tanto aderezo de francias y atavíos. Salió el acompañamiento de la cámara de la reina hacia la iglesia, pasando por la sala de Tudescos, y detrás el duque de Cadaval, con su hopa rozando el suelo, bajo palio va el duque, y sostienen las varas, por distinción, títulos de primera grandeza y consejeros de Estado, y en los brazos del duque, quién va, va la princesa, enfajada de linos, cubierta de lazos, rebosada de cintas, y tras el palio la nombrada aya, que es la condesa de Santa Cruz vieja, y todas las damas de palacio, las hermosas y las que no lo son tanto, y al final media docena de marqueses y el duque hijo, que llevan las insignias de la toalla, del salero, de los óleos, y el resto, que para todos había.

Siete obispos la bautizaron, que eran como siete soles de oro y plata en los escalones del altar mayor, y le pusieron María Javiera Francisca Leonor Bárbara, todo con Doña delante, pese a ser aún tan pequeña, está en el regazo, babea y ya es Doña, qué hará cuando crezca, y lleva, para empezar, una cruz de brillantes que le ha dado su padrino y tío, el infante Don Francisco, que costó cinco mil cruzados, y el mismo Don Francisco mandó a la reina su comadre, como presente, una pluma de tocado, supongo que por galantería, y unos pendientes de brillantes, esos sí, de superlativo valor, cerca de veinticinco mil cruzados, es gran obra, pero francesa.

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