Dan, si cuadra, estas y otras noticias a Doña María Ana, pero ella está abúlica, indiferente, en su torpor de grávida, se las dan o se las callan, que da igual, y hasta de su primera gloria de haber fecundado no resta más que una tenue remembranza, pequeña brisa de lo que fue viento de orgullo, cuando en los primeros tiempos se sentía como aquellas figuras que se colocan en la proa de las naos y que no siendo las que más de lejos ven, para eso está allí el anteojo y está el vigía, son las que más hondo ven. Una mujer grávida, reina o del común, tiene un momento en la vida en que se siente sabia de todo saber, aunque intraducible en palabras, pero después, con el hinchar excesivo del vientre y otras miserias del cuerpo, sólo para el día de parir hay en ella pensamientos, no todos alegres, cuántas veces aterradas por agüeros, pero en este caso va a ser de gran ayuda la orden de San Francisco, que no quiere perder el prometido convento. Andan a porfía todas las congregaciones de la Provincia de la Arrábida diciendo misas, haciendo novenas, promoviendo oraciones, por intención general y particular, explícita e implícita, para que nazca bien el infante y en buenhora, para que no traiga defecto visible o invisible, para que sea varón, en quien alguna desgracia menor podría disculparse, si no ver en ella especial distinción divina. Pero, sobre todo, porque un infante macho daría mayor contento al rey. Don Juan V va a tener que contentarse con una niña. No siempre se puede tener todo, cuántas veces pidiendo esto se alcanza aquello, que ése es el misterio de las oraciones, las lanzamos al aire con una intención que es nuestra, pero ellas escogen su propio camino, a veces se retrasan para dejar pasar otras que habían partido después, y no es raro que algunas se aparejen, naciendo así oraciones mezcladas o mestizas, que no salen ni al padre ni a la madre que tuvieron, y a veces hasta se enfrentan, se paran en camino a debatir contradicciones, y por eso a veces se pide un chiquillo y aparece una niña, pero saludable y robusta y de buenos pulmones, como se ve por el griterío. Pero el reino está gloriosamente feliz, no sólo porque ha nacido el heredero de la corona y por las luminarias festivas que por tres días fueron decretadas, sino también, por que habiendo siempre que contar con los efectos secundarios que tienen las preces sobre las fuerzas naturales, pudiendo ocurrir incluso que den en grandes sequías, como esta que duraba ya ocho meses y sólo esta causa podía tener, que no se veía cuál podía ser otra, acabadas las oraciones dio en llover, y se dice ya que el nacimiento de la infanta trajo auspicios de felicidad, pues ahora la lluvia es tanta, que sólo Dios la puede estar mandando para alivio de la molestia que le causábamos. Ya andan labrando los labradores, van al campo incluso bajo la lluvia, crece la gleba de la tierra húmeda como salen los chiquillos de allá de donde vienen, y, no sabiendo gritar como ellos, suspira al sentirse desgarrada por el hierro, y se acuesta, lustrosa, ofreciéndose al agua que sigue cayendo, ahora muy mansa, casi polvareda impalpable, para que no se pierda la forma del barbecho, tierra encrespada para el amparo de la mies. Este parto es muy simple, pero no se puede hacer sin aquello que los otros primero requirieron, la fuerza y la simiente. Todos los hombres son reyes, reinas son todas las mujeres, y príncipes los trabajos de todos.