Traen ahora unas figuras de barro pintadas, de mayor tamaño que el natural de hombres citando, alzados los brazos, y las ponen en medio del campo, qué número será éste, pregunta quien nunca lo vio, tal vez los ojos descansen de tanta carnicería, en fin, si las figuras son de barro, lo peor que puede salir de esto es un montón de cascote, que luego tendrán que barrerlo todo, está la fiesta estragada, es lo que es, dicen los escépticos y los violentos, a ver si viene otra manta de fuego y nos reímos todos y el rey, que no hay tantas ocasiones para reírnos juntos, y en ese instante salen del corral dos toros que, pasmados, asoman a la plaza desierta, sólo aquellos fantoches con los brazos alzados y sin piernas, redondos de panza, y pintados como demonios, en éstos vamos a vengar todas las ofensas sufridas, y los toros embisten, revientan los muñecos de barro con sordo estruendo, y de dentro salen decenas de conejos despavoridos, corriendo disparados por todas partes, perseguidos y muertos a porrazos por los capeadores y otros hombres que saltaron a la plaza, un ojo en el bicho que huye, otro en el bicho que embiste, mientras el pueblo ríe, con carcajadas estentóreas, de gente excesiva, súbitamente cambia de tono el clamor, porque de otros dos muñecos de barro ahora despedazados, salen restallando bruscamente las alas bandadas de palomas, desorientadas por el choque, heridas por la luz cruda, algunas pierden el sentido del vuelo, no consiguen ganar altura y chocan contra las gradas, donde caen en manos ansiosas, no tanto con mira al saludable pellizco que es el palomo estofado, sino para leer la cuarteta que va escrita en un papel atado en el pescuezo del ave, como son éstas por ejemplo, Tenía ruin prisión y de buena escapé, aquí dichosa seré, si me acoge quien bien sé, Aquí me trae mi pena, con bastante sobresalto, porque quien vuela más alto, a más caída se condena, Ahora estoy descansada y si he de morir al fin, Dios, que lo decide así, me mate con gente honrada, Vengo escapando a tumbos, de quienes matarme quieren, que aquí, al igual que los toros, también las palomas mueren, pero no todas, que algunas abren vuelo circular, escapan a la vorágine de manos y gritos, y suben, suben, logran batir las alas, cogen altura hasta la luz del sol, y, cuando se alejan por encima de los tejados, son como pájaros de oro.