El padre dijo, Vendí la tierra que teníamos en la Vela, no es que la vendiera mal, trece mil quinientos reales, pero la vamos a necesitar, Entonces por qué la vendió, El rey la quiso, la mía y otras, Y para qué las quiso el rey, Va a construir ahí un convento de frailes, no oíste hablar de eso en Lisboa, No señor, no oí nada, Dice ahí el párroco que fue por mor de una promesa que el rey hizo si le nacía un hijo, quien va a ganar ahora buen dinero será tu cuñado, van a necesitar albañiles. Comieron habones y col, apartadas las mujeres y de pie, y João Francisco Sietesoles fue a la saladera y sacó un tajo de tocino que partió en cuatro tiras, puso cada una en su rebanada de pan y las distribuyó alrededor. Se quedó mirando alerta para Blimunda, pero ella recibió su parte y empezó a comer tranquilamente, No es judía, pensó el suegro, Marta María la había mirado también, inquieta, luego clavó los ojos con severidad en el marido, como si le recriminara la astucia. Blimunda acabó de comer y sonrió, no adivinaba João Francisco que igual habría comido el tocino aunque judía fuera, es otra verdad que hay que salvar.

Baltasar dijo, Tengo que buscar trabajo, y Blimunda trabajará también, no podemos quedarnos así, Para Blimunda, no hay prisa, quiero que se quede aquí en casa un tiempo, quiero conocer a mi nueva hija, Está bien, madre, pero yo tengo que buscar trabajo, Y qué trabajo harás con esa mano de menos, Tengo el gancho, padre, que es una buena ayuda cuando uno está habituado, Será, pero cavar no puedes, segar no puedes, cortar leña no puedes, Puedo cuidar animales, Sí, eso sí puedes, Y también puedo ser carretero, para asegurar la soga basta el gancho, la otra mano hará el resto, Hijo, estoy muy contento de que hayas vuelto, Y yo debería haber vuelto antes, padre.

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