Tania, que en principio había tomado a broma mi candidatura, no acertaba a comprender qué perra me había entrado con lo de suplicar por un trabajo que en principio estaba destinado a recién licenciados y por el que no me iban a pagar nada o casi nada. Intenté explicárselo. Necesitaba cambiar de aires y me había planteado pasar el verano en Nueva York puesto que en julio y agosto se suspendía el programa de radio y nada me ataba a Madrid y mucho menos me atraía la perspectiva de volver a pasar un verano en Santa Pola con los amigos de toda la vida en un carrusel de noches etílicas encadenadas al que no me apetecía reengancharme. Pero el plan de verano en NY tenía un pequeño inconveniente: no conocía a casi nadie en la ciudad (y con la compañía de Sonia, liadísima con sus dos trabajos, sabía que no podría contar) y no me apetecía pasarme esos meses en soledad total. Un trabajo como aquél me permitiría ocupar en algo las mañanas y quizá incluso hacer algún amigo, amén de costearme al menos algunos gastos, pocos, ya que había quedado muy claro que el irrisorio sueldo apenas iba a llegar para pagar el alquiler de un cuarto en Manhattan. Porque estaba claro que no podía pretender quedarme dos meses enteros en el minúsculo apartamento de Sonia, cuyo sofá, por cierto, estaba desfondadísimo y al que se le salían por todos lados los muelles que, en la escasa semana que llevaba yo en NY, me habían dejado unas visibles marcas en mi espalda dignas de esclava sexual, como si cada noche viniera a visitarme el mismísimo íncubo que poseyera a la pobre Mia Farrow en La semilla del diablo. Sin embargo, yo estaba segura de que podría encontrar alojamiento para el verano y, además, ya había hecho de lectora en el pasado: justo al acabar la carrera y poco antes de conocer al hombre cuyo nombre está escrito en papel de pergamino y encerrado en una botella enterrada en un descampado por la zona de Cuatro Vientos, había pasado seis meses en la Universidad de Manchester dando clases de español, y me había gustado mucho hacerlo pues descubrí, para mi sorpresa, que se me daba bastante bien tratar con los alumnos. Vete a saber si me atraía lo de la labor profesoral porque significaba meterme de manera simbólica en la piel de José Merlo, ya que en su cama nunca pude hacerlo.

Finalmente, Tania pareció convencerse de que se lo decía en serio y me aseguró que el trabajo era mío.

<p>28 de octubre.</p>

Ha sido horrible. Me he pasado todo el santo día ordenando papeles. Ni siquiera he salido a la calle. Necesito días de cuarenta horas.

<p>29 de octubre.</p>

«Querida Paz:

»En respuesta a tu carta, quiero decirte queja he decidido cuál es el regalo que quiere la niña.

»He decidido yo por ella porque Amanda aún no sabe hablar, pero si pudiera pediría el "Kit Bag de Pediatrics, elegante y funcional".

» Y te copio el anuncio aparecido en Padres:

»"Diseñado para llevar todo lo necesario cuando salgas con el bebé. Es tan elegante y funcional que incluso papá puede llevarlo." (Claro, mamá no lleva nada elegante y funcional, va siempre hecha unas pintas y con bolsos estrafalarios y muy poco funcionales… Con las mujeres ya se sabe. Se supone que papá llevará la bolsa en una ocasión especial, cuando mamá se ponga enferma o cuando quiera llevar al nene al fútbol, que nunca es demasiado pronto para empezar a acostumbrarlos.)

»"Los anchos tirantes acolchados te permiten tener las manos libres en todo momento." (Eso necesito, porque con la bolsa que tengo ahora no hay manera, está diseñada para diosas tipo Shiva con seis brazos.)

«"Incorpora un bolsillo especial Thinsulate que mantiene los biberones calientes durante varias horas." (Eso es indispensable, Paz, de verdad, que cualquier día a la nena le da una gastroenteritis si se sigue bebiendo el biberón granizado, no sabes el frío que hace ahora en Madrid.)

»"Y, además, dispone de secciones separadas para productos de alimentación, ropa para cambiarle y para los objetos personales." (Algo indispensable también, que en la boba que tenemos lo mezclamos todo y, aparte de la gastroenteritis, la nena me va a pillar cualquier día una infección de padre y señor mío por poner la ropa sucia al lado del chupete.)»

Y es que cuando bajas a la calle con un bebé tienes que llevar, amén de tus llaves, tu monedero y tu teléfono móvil, un biberón, termo con agua caliente, leche en polvo, toallitas limpiadoras, dos pañales (o más, dependiendo del tiempo que vayas a estar fuera), el cambiador (una especie de almohadilla acolchada de hule por si no te queda otra que cambiarlo en el suelo, situación más habitual de lo que pudieras imaginar), chupete de recambio (por si escupe el que tiene y lo pierde) y pantalón, babero y jersey de repuesto (por si los ensucia de vomitona o caca). Y, por supuesto, un bolso lo suficientemente enorme como para cargar con tanta impedimenta. ¡Y ay de ti como se te olvide uno solo de los útiles de la lista!

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