Por experiencia, he descubierto una verdad axiomática: un bebé no admite margen de error.

<p>30 de octubre.</p>

5,600 kg. Y aún no tienes mes y medio. Me recuerdas al cuento de Dahl en el que un apicultor alimenta a su hija con jalea real y la niña empieza a crecer desaforadamente hasta que acaba por convertirse en una abeja enorme. Tenemos que ponerte ropa talla de tres meses. Te has hecho mayor en todos los sentidos. Ahora duermes toda la noche en tu cuco y no exiges, como antes, que durmamos a tu lado. De todas formas ya eres demasiado grande y no creo que cupiéramos los tres.

Y ya sonríes. Sonríes de verdad. No es la sonrisa de antes, que respondía a tus propios estados de ánimo, cuando sonreías porque te acababas de levantar o porque te habías acabado el biberón. La sonrisa como consecuencia de tu propia satisfacción se ha convertido en sonrisa que intenta provocar la satisfacción ajena: ahora sonríes cuando se te habla, intentando demostrar que entiendes el tono. A veces incluso ríes cuando se te hacen cosquillas. Mis hermanas me tomaban por loca hasta que te vieron, decían que era imposible que rieras. Ya no dicen nada.

<p>31 de octubre.</p>

Ya lo decía Laureta: siempre hay desgracias peores que las nuestras. Y no lo digo sólo porque sepa que en Etiopía o Mozambique hay mujeres que ven cómo sus hijos se les mueren de hambre colgados del pecho seco. No me hace falta pensar en otros países para darme cuenta, ni siquiera en otros barrios, en supermercados de drogas que abastecen a los niños pijos de la zona de Salamanca o Chamartín y en los que sobreviven como pueden críos malcomidos, hijos de padres enganchados y madres apaleadas, cinturones de vergüenza alfombrados de chabolas que emergen como hongos parásitos alrededor de los barrios residenciales de las afueras. No, no hace falta establecer la separación geográfica puesto que incluso en diez metros cuadrados cabe hacer una gradación de desgracias. Cuando crees que tú estás mal siempre puedes pensar que hay alguien que está peor. Yeso no sirve nunca de consuelo, simplemente te entristece más, te hace sentir más impotente si cabe.

Me quejaba yo de que tenía que perder tres horas diarias para poder ver a mi madre durante apenas cinco o diez minutos y he conocido en la sala de espera de la UVI (de sala tiene poco, es más bien un vestíbulo, un espacio abierto, helado, tan helado como las baldosas baratas que cubren su suelo, con cuatro sillones incómodos en las esquinas, sin un mísero cuadro que anime las paredes) a un señor que vive a sesenta kilómetros del hospital y que tarda más de una hora en llegar desde su casa. Y lo peor es que a veces pierde la tarde en balde, porque si tardan demasiado en dejarnos entrar y se le hacen las ocho y media tiene que irse sin ver a su mujer para no perder el último autobús.

Hay desgracias peores que las nuestras. Y hay desgracias aún peores, peores que las desgracias que son peores que las nuestras. En el ascensor me he encontrado con una de las enfermeras de la primera UVI en la que ingresó mi madre, que me ha reconocido porque por lo visto en su día era fan de David y es una de entre el millón de personas que compró aquel infausto ejemplar de Cita. No sé por qué se me ha ocurrido preguntarle por el niño que estaba al lado de la cama de mi madre. Supongo que has adivinado la respuesta.

Llevaba doce días en NY cuando Sonia me avisó de que había concertado una doble cita para aquella noche. Lo decía en plan irónico. Un jovencito que trabajaba de becario en la Black Star llevaba meses insistiéndole para que quedaran a tomar una copa, y al final Sonia aceptó la invitación con la condición de que tenía que llevarme a mí de acompañante. Utilizó la excusa de la amiga que había venido a visitarla y a la que no podía dejar sola en casa porque en realidad no le hacía ninguna gracia quedar con aquel tipo, pero ya se le habían acabado las maneras de decir no y terminó dejándose convencer por puro cansancio. Eso sí, no quería verle a solas. El proyecto de periodista le dijo entonces que se llevaría a un amigo.

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