Yo no salía mucho. Sonia trabajaba todo el día y de noche llegaba demasiado agotada como para plantearse siquiera salir de marcha. Así que nos sentábamos en su balcón, ella con una cerveza y yo con una Perrier -pues me había propuesto seriamente no beber en todo el tiempo que estuviera en la ciudad- y nos la pasábamos escuchando a un grupo de rap en español compuesto por cuatro mexicanos que ensayaban en la calle con la música del coche y que tenían a toda la muchachada del barrio bailando a su ritmo cada noche a falta de mejor cosa que hacer. De día me dedicaba a dar paseos o irme a leer a Central Park. No iba de compras, como suelen hacer los españoles cuando van a NY, porque ni soy consumidora compulsiva ni nunca he encontrado en NY nada que no encontrara en otros lados, excepto discos de jazz; ni de museos, porque me resultaban demasiado caros y además ya me los había visto todos en anteriores visitas; ni de librerías, porque desde que descubrí Amazon compro por Internet los libros que no encuentro en España y así me ahorro tener que pagar tarifas de exceso de equipaje a la vuelta de los viajes. Además, yo había ido allí a desconectar y a visitar a una amiga, no a hacer turismo.
También quería ver a Tania, más por compromiso que por otra cosa porque, aunque en el pasado habíamos sido íntimas, durante los últimos años el contacto se había ido perdiendo hasta que acabó por limitarse a un intercambio bastante poco fluido de famélicos
Quedé a comer con ella en un restaurante vegetariano muy pijo de Chelsea y me impresionó lo guapísimas que eran las camareras, todas lesbianas, según me informó Tania, y probablemente también aspirantes a modelos, actrices o cantantes que habían ido a buscar fortuna en NY, según deduje yo. A los postres -unos pasteles de salvado y zanahoria que sabían a galleta rancia-, y después de ponernos al día sobre los cauces por los que habían discurrido nuestras respectivas vidas, Tania se puso a hablarme de su trabajo, casi su único y exclusivo tema de conversación, porque de su vida amorosa casi no hablaba, pues era muy reservada, y vida social prácticamente no tenía, ya que era
– ¿No sabrás de alguien a quien le interese? Busco a licenciados en Filología Hispánica cuya lengua materna sea el español.
– Pues yo misma, bonita.
– No, mujer, tienen que vivir en Nueva York, porque no pagamos casi nada de sueldo, así que no te daría para pagar billete y alquiler.
– No me importa, no lo haría por dinero.
– Pero no digas tonterías, esto está muy por debajo de tu categoría.