La descripción que Sonia me había hecho de su pretendiente se ajustaba perfectamente al que nos estaba esperando a las ocho en el Alphabet Lounge: majo, bastante guapo y culto dentro de lo culto que pueda ser un neoyorquino, es decir, el tipo de culto que sabe mucho de arte contemporáneo y fotografía moderna pero al que el nombre de madame Pompadour le suena a encargada de un
Al principio yo me había comportado como una santa y me había limitado a beber Coca-Cola y zumos de naranja. Llevaba trece días lejos de Madrid y no había probado una gota de alcohol desde mi llegada: me sentía orgullosa. Cuando aquellos dos propusieron que nos fuésemos a un club a bailar acepté encantada y convencida de que aguantaría sobria el resto de la noche. Pero cuando llegamos al sitio -Nell's, creo que se llamaba, un garito inmenso lleno de negros- sucumbí al efecto estímulo-respuesta y, como el perro de Pávlov, reaccioné por asociación. Para mí la música, las luces y el ambiente festivo se asociaban indefectiblemente a la necesidad de alcohol, y antes de que me diera cuenta me encontraba en la barra pidiendo una copa. A la primera siguió la segunda, y a la segunda la tercera, y a la cuarta o quinta ya me creía la reina de la pista.
A la mañana siguiente desperté con la boca de tiza, un dolor de cabeza no por conocido menos insidioso, un agujero negro en la memoria y un desconocido roncando a mi lado en el desfondado sofá cama del salón de Sonia. O no tan desconocido: el perfil me resultaba vagamente familiar. Sí, conocía esos mechones trigueños y lacios y aquel perfil de querube. En aquel momento odié al pobre chico con toda mi alma, pues proyectaba sobre él toda la rabia que sentía contra mí misma. Sonia se había marchado ya a trabajar, y yo no me atrevía a preguntarle al durmiente cómo había llegado hasta allí, porque me lo podía imaginar, y tampoco sabía cómo pedirle educadamente que se marchara. Así que lo hice muy poco educadamente: le dije que me apetecía estar sola y que por favor se fuera. Me miró con ojos de animal herido, recogió sus cosas y se marchó.
Cuando el rumano se hubo ido y me quedé por fin sola en el apartamento de Sonia, me acometió de pronto una náusea acuciante: alguien parecía estar retorciéndome el estómago a dos manos, como cuando se estruja una toalla mojada. Apenas me dio tiempo a llegar al cuarto de baño para devolver. Las arcadas eran tan violentas que resultaban dolorosas, parecía como si el esófago estuviera a punto de abrírseme en canal. No sé cuánto tiempo estuve allí, agachada frente a la taza, vomitando. Cada vez que creía que por fin había acabado, que tenía el estómago completamente vacío, llegaba otro espasmo más salvaje que el anterior y me descubría que aún quedaba allí dentro algo por arrojar. Al final no salía más que una bilis amarillenta más propia de la niña de
No sé cómo logré arrastrarme de nuevo hasta la cama de Sonia, que estaba perfectamente hecha. Sospeché que no había dormido allí porque nunca hacía la cama al irse (me dio tiempo a pensar, con la única neurona operativa que me quedaba, que si llego a saber que mi amiga no iba a dormir en casa a qué iba yo a dormir acompañada en el sofá). No podía mantenerme en pie, literalmente, porque sentía que la habitación daba vueltas a mi alrededor. La luz del día que entraba por la ventana me estaba taladrando las retinas y la cabeza me dolía tanto que parecía a punto de estallar. Para colmo, me entró una temblequera tremenda que me hacía vibrar como un diapasón.