Fantaseaba con grandes jarras de agua y con el paracetamol que, sin duda, debía de guardar Sonia en algún cajón o estante del cuarto de baño, pero me encontraba tan mal que no me imaginaba capaz de ponerme en pie y avanzar los veinte o treinta pasos que me llevaran a cualquiera de los dos fregaderos del apartamento.
Yo sabía, o sospechaba, lo que me estaba pasando, pues no en vano había escrito un libro sobre las adicciones dentro del cual había un muy documentado capítulo sobre alcoholismo. Aquello respondía a un fenómeno que se viene a llamar algo así como
Y, en ese momento, alguien comenzó a aporrear la puerta.
Desde luego, no me apetecía lo más mínimo abrirla, y pensando que sería el cartero o el casero ni me planteé levantarme para atender a nadie. Pero los golpes seguían sonando y luego les siguió un batacazo mucho más contundente, como si alguien se hubiera precipitado contra la puerta para intentar derribarla. Daba la impresión de que en cualquier momento quienquiera que fuera el que estaba al otro lado iba a tirarla abajo. Quizá, pensé, fuera el casero reclamando el abono de unos alquileres impagados, o tal vez la policía hubiese decidido por fin hacer una redada entre los camellos del barrio y estaban registrando el edificio apartamento por apartamento. No me cupo duda de que si les abría me iban a tomar por una yonqui, pero lo que acabó convenciéndome para levantarme fue que cada golpe en la puerta parecía rebotar en mis sienes como un gong. No sé cómo me arrastré hasta la entrada y abrí. Allí no había ningún casero, ni cartero, ni policía, frente a mí se hallaba la última persona a la que esperaba encontrarme: el rumano que, habiéndose marchado tan precipitadamente, se había olvidado su bolsa y se había dado cuenta justo en la entrada del metro, con lo que había desandado sus pasos hasta el apartamento de Sonia. Los portorriqueños, que le habían visto salir de casa, le habían abierto el portal. Cuando vio que yo no respondía a las llamadas, y deduciendo que no había podido salir del apartamento en los escasos cinco minutos que le había llevado regresar pensó, muy acertadamente, que me había pasado algo, e intentó derribar la puerta, sin éxito, porque se trataba de un chico muy delgado y de hombre de Harrelson tenía bastante poco.