¿Aceptará Louise el anillo? Resulta evidente que no, puesto que sabemos, tras casi tres cuartos de hora de cinta, que Louise es una chica lista, y una chica lista no se casa con un tío que va por ahí destrozando habitaciones de hotel sólo porque sospecha que su chica se puede estar planteando dejarle. Aparte de que un tipo medianamente normal no se declara a gritos, ni en un momento tan poco oportuno. Es decir, a mis treintaytantos ya sé reconocer problemas en cuanto me los ponen delante. Pero a los veinticuatro aún me creía el mito del Príncipe Azul, y pensaba que si alguien con el tipazo de Michael Madsen te regalaba un anillo de diamantes, ya te podías dar con un canto en los dientes. De ahí a acabar liada con un chalado cuya vida se resumía en una exhaustiva dedicación a la nada y que se expresaba, al hablar conmigo, fonando cada palabra como si estuviera escrita en mayúsculas y en tipos negros, un paso. Mientras estuviera bueno y me repitiera quince veces al día que me quería, ¿qué importaba que me hablase a berridos y me tratase como a un objeto de su propiedad? (Miento: peor aún, a su guitarra la trataba con mimo y consideración.) Pero cuando una crece abre los ojos, y por eso ahora puedo ver la película de otra manera: con los ojos abiertos. Porque durante años he ido por la vida con los ojos cerrados de par en par, tomando por amor lo que no era más que control. Mi diferente reacción ante una misma escena explica lo mucho que yo he cambiado y cómo: a golpes.
En mi
6 de noviembre.
En la puerta del hospital me he encontrado con el médico residente que atendió a mi madre en urgencias. Le he reconocido al instante porque tiene pinta de todo menos de médico: lleva una coleta y un pendiente. Lo que no esperaba era que él me reconociera a mí, porque debe de estar harto de atender enfermos, y me extraña que se quede con las caras de los familiares. Le he saludado con una sonrisa y el consabido
– Aquí estamos -le he dicho-, a ver a mi madre, que sigue en la UVI.
Se lo cuento porque la enfermera me explicó que el médico residente no sigue después la evolución de los pacientes a los que ha atendido.
– ¿Es tu madre? -me pregunta él.
– Pues sí, claro.
– No, lo digo porque pensaba que era tu abuela. Como eres tan joven…
Con eso ya he subido contenta a la planta nueve. Allí me he encontrado, en el
Después de más de veinte días yendo a la UVI prácticamente a diario, me dicen ¡hoy! que si tengo niños pequeños, que no olvide lavarme las manos con Betadine al llegar a casa antes de tocarlos. A buenas horas. Gracias a Dios, o a la Diosa, o a la Divina Providencia o al Famoso Todo Cósmico, eres resistente. Como tu abuela.