Un día, llamado a presencia del juez de instrucción, Yakubóvich encontró allí a un detenido que había sido torturado. El juez sonrió: «Le presento a Moisei Isáyevich Teitelbaum con el ruego de que lo acepte en su organización antisoviética. Hablarán con más libertad sin mí. Les dejo solos un instante». Y se fue. Efectivamente, Teitelbaum le suplicó: «¡Camarada Yakubóvich! Se lo ruego, ¡acépteme en su Buró Central Menchevique! Me acusan de "haber aceptado sobornos de empresas extranjeras", me amenazan con el paredón. ¡Prefiero morir como un
También «admitió» a otros que no se lo habían pedido, por ejemplo, a I.L. Rubin. Éste logró refutar su pertenencia en un careo con Yakubóvich. Después lo marearon durante mucho tiempo, lo «investigaron a fondo» en el
Pero en la instrucción sumarial de Yakubóvich hubo también momentos inspirados como éste: lo citó a interrogatorio el propio Krylenko. Resulta que se conocían perfectamente, pues en los años del «comunismo de guerra» (entre dos de sus primeros procesos) Krylenko había sido enviado a la gubernia de Smolensk a
—¡Mijaíl Petróvich, se lo diré sin rodeos: sigo teniéndole por un comunista! (esto animó y espoleó mucho a Yakubóvich). Y no albergo ninguna duda sobre su inocencia. Pero tanto usted como yo tenemos un deber ante el partido: debemos llevar a cabo este proceso. (Para Krylenko se trataba de una orden de Stalin, mientras que Yakubóvich palpitaba por la causa como el fogoso caballo que se apresura a meter la cabeza en la collera.) Ruego, pues, su colaboración y que haga cuanto esté en su mano para que podamos ir siempre un paso por delante de la instrucción sumarial. Y durante el juicio, en caso de que surja alguna dificultad imprevista, le pediré al presidente que le conceda a usted la palabra.
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Y Yakubóvich dio su promesa. Lo prometió consciente de su deber. En todos sus años de servicio es posible que el régimen soviético no le hubiera confiado jamás una misión más importante.
Unos días antes de que se iniciase el proceso, en el despacho del juez de instrucción principal, Dmitri Matvéyevich Dmítriev, se convocó la primera reunión organizativa del Buró Central Menchevique: para coordinarlos a todos y para que cada uno comprendiera mejor cuál era su papel. (¡Así es como había sesionado también el Comité Central del «Partido Industrial»! He aquí donde los acusados «habían podido reunirse», incógnita que había dejado perplejo a Krylenko.) Pero se había acumulado tal cantidad de embustes que no había cabeza que pudiera con tanto; los reunidos lo confundían todo y resultaron incapaces de asimilar tanto en un solo ensayo, por lo que hubo que reunirse una segunda vez.
¿Con qué estado de ánimo se presentó Yakubóvich ante el tribunal? ¿Cómo no iba a montar en el juicio un escándalo mundial por todos los martirios sufridos, por tanta falsedad como le oprimía el pecho? ¡Pero, ojo!:
1. ¡Sería una puñalada por la espalda contra el régimen soviético! Sería negar el objetivo de toda la existencia de Yakubóvich, negar todo el camino que había seguido hasta desligarse del error menchevique y llegar al correcto bolchevismo;
2. Después de semejante escándalo no dejarían que muriera, no se contentarían con fusilarlo, sino que lo torturarían de nuevo, ahora por venganza, hasta llevarlo a la locura, y su cuerpo ya había conocido bastantes torturas. ¿Dónde encontrar apoyo moral para estos nuevos suplicios? ¿De dónde sacar el coraje?