Ramzin volvió a actuar de testigo, con tanto servilismo como locuacidad. Pero las esperanzas de la GPU estaban depositadas en el principal acusado, Vladímir Gustávovich Grohman (miembro tristemente famoso de la Duma Estatal) y en el agente provocador Petunin.

Presentemos ahora a M. Yakubóvich. Comenzó a hacer el revolucionario tan pronto que ni siquiera llegó a terminar la escuela. En marzo de 1917 era ya presidente del Soviet de Diputados de Smolensk. Era un orador elocuente y muy escuchado, gracias a la fuerza de sus convicciones (que sin cesar lo arrastraban a alguna parte). En una asamblea del Frente Occidental calificó imprudentemente de enemigos del puebloa los periodistas que exigían la continuación de la guerra —¡en abril de 1917!— y por poco lo sacan de la tribuna a punta de bayoneta. Se disculpó, y supo dar a su discurso tales giros, de tal modo se metió al público en el bolsillo, que, al final de su intervención, volvió a acusar de enemigos del pueblo a esos periodistas, pero ahora ya entre tumultuosos aplausos, tras lo que fue elegido miembro de una delegación que iban a enviar al Soviet de Petrogrado. Apenas llegado, con la informalidad habitual en aquella época, fue designado miembro de la comisión militar del Soviet de Petrogrado, donde ejerció una gran influencia en los nombramientos de los comisarios del Ejército. [219] 21Al final él mismo se incorporó al ejército del Frente Sudoeste como comisario, y en Berdichev procedió en persona a la detención de Deníkin (tras el pronunciamiento de Kor-nílov). Más adelante lamentaría enormemente (también durante el proceso) no haberlo mandado fusilar de inmediato.

De ojos claros, siempre muy sincero y en todo momento muy imbuido en sus ideas, realistas o no, se le tenía por uno de los miembros más jóvenes del partido menchevique, y en efecto lo era. Esto no le impedía proponer, con audacia y pasión, sus proyectos a la dirección del partido. Los proyectos eran por el estilo de los siguientes: formar un Gobierno so-cialdemócrata en la primavera de 1917, o que los mencheviques entraran en la Komintern en 1919 (todas sus propuestas eran rechazadas sistemáticamente por Dan y los demás). En julio de 1917 sintió un enorme pesar y consideró un error fatal que el Soviet —socialista— de Petrogrado aprobara el uso de tropas contra los bolcheviques por parte del Gobierno Provisional, aunque los primeros hubieran tomado las armas. Así que se produjo el golpe de Estado de Octubre, Yakubóvich propuso que su partido apoyara por entero a los bolcheviques y les brindara su participación activa para mejorar el régimen estatal que aquéllos crearan. Al final se ganó la maldición de Martov, y en 1920 abandonó de forma definitiva a los mencheviques, perdida ya la esperanza de poder encarrilarlos en la senda del bolchevismo.

Si cuento todo esto con tanto detalle es para que quede clara una cosa: durante toda la Revolución, Yakubóvich no fue un menchevique, sino un bolchevique muy sincero y totalmente desinteresado. En 1920 era todavía comisario de abastos de la gubernia de Smolensk (el único de los comisarios que no era bolchevique), ¡y fue elogiado como el mejor de todo el Comisariado del Pueblo de Abastos! (Aseguraba no haber recurrido a las expediciones punitivas contra los campesinos; no lo sé; pero en el juicio sí mencionó haber empleado destacamentos antiestraperlo.*) En los años veinte dirigió el periódico Diario del Comercioy ocupó otros cargos destacados. Y cuando en 1930, a tenor del plan de la GPU, hubo que retirar a esos mencheviques «infiltrados», lo detuvieron.

Y como todos, fue a parar a manos de carniceros metidos a jueces de instrucción, y le enseñaron todo el muestrario:el calabozo helado, la celda calurosa sin ventilación, los golpes en los genitales. Torturaron tanto a Yakubóvich y a Abram Guinsburg, encausado junto con él, que ambos, desesperados, se abrieron las venas. Una vez restablecidos, ya no los torturaron ni apalearon, solamente los sometieron a dos semanas de insomnio forzado. (Yakubóvich dice: «¡Con tal de poder dormir! ¡Ni la conciencia, ni el honor...».) Y encima tenían careos con otros que ya habían cedido y que les conminaban a «confesar», a chirlar disparates. Y hasta el propio juez de instrucción (Aleksei Alekséyevich Nasedkin) decía: «¡Lo sé, lo sé, no hubo nada de todo esto! ¡Pero es lo que nos exigen!».

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