—Cуmo pudo ser tan insensato, hombre de Dios —hablaba con una lentitud que hacнa mбs patente su rabia—. Cуmo pudo usted poner en tinta y papel semejantes cosas, hombre de Dios. Y, si lo hizo, cуmo no tomу la precauciуn elemental de destruir esos diarios antes de ponerse a conspirar contra el Imperio britбnico.

«Es un insulto que este imberbe me llame “hombre de Dios”», pensу Roger. Era un maleducado, porque a este mozalbete amanerado йl, cuando menos, le doblaba la edad.

—Fragmentos de esos diarios circulan ahora por todas partes —aсadiу el pasante, mбs sereno, aunque siempre disgustado, ahora sin mirarlo—. En el Almirantazgo, el vocero del ministro, el capitбn de navнo Reginald Hall en persona, ha entregado copias a decenas de periodistas. Estбn por todo Londres. En el Parlamento, en la Cбmara de los Lores, en los clubes liberales y conservadores, en las redacciones, en las iglesias. No se habla de otra cosa en la ciudad.

Roger no decнa nada. No se movнa. Tenнa, otra vez, esa extraсa sensaciуn que se habнa apoderado de йl muchas veces en los ъltimos meses, desde aquella maсana gris y lluviosa de abril de 1916 en que, aterido de frнo, fue arrestado entre las ruinas de McKenna's Fort, en el sur de Irlanda: no se trataba de йl, era otro de quien hablaban, otro a quien le ocurrнan estas cosas.

—Ya sй que su vida privada no es asunto mнo, ni del seсor Gavan Duffy ni de nadie —aсadiу el joven pasante, esforzбndose por rebajar la cуlera que impregnaba su voz—. Se trata de un asunto estrictamente profesional. El seсor Gavan Duffy ha querido ponerlo al corriente de la situaciуn.

Y prevenirlo. La peticiуn de clemencia puede verse comprometida. Esta maсana, en algunos periуdicos ya hay protestas, infidencias, rumores sobre el contenido de sus diarios. La opiniуn pъblica favorable a la peticiуn podrнa verse afectada. Una mera suposiciуn, desde luego. El seсor Gavan Duffy lo tendrб informado. їDesea que le transmita algъn mensaje?

El prisionero negу, con un movimiento casi imperceptible de la cabeza. En el acto, girу sobre sн mismo, encarando la puerta del locutorio. El sheriff hizo una indicaciуn con su cara mofletuda al guardia. Este corriу el pesado cerrojo y la puerta se abriу. El regreso a la celda le resultу interminable. Durante el recorrido por el largo pasillo de pйtreas paredes de ladrillos rojinegros tuvo la sensaciуn de que en cualquier momento tropezarнa y caerнa de bruces sobre esas piedras hъmedas y no volverнa a levantarse. Al llegar a la puerta metбlica de la celda, recordу: el dнa que lo trajeron a Pentonville Prison el sheriff le dijo que todos los reos que ocuparon esta celda, sin una excepciуn, habнan terminado en el patнbulo.

—їPodrй tomar un baсo, hoy? —preguntу, antes de entrar.

El obeso carcelero negу con la cabeza, mirбndolo a los ojos con la misma repugnancia que Roger habнa advertido en la mirada del pasante.

—No podrб baсarse hasta el dнa de la ejecuciуn —dijo el sheriff, saboreando cada palabra—. Y, ese dнa, sуlo si es su ъltima voluntad. Otros, en vez del baсo, prefieren una buena comida. Mal negocio para Mr. Ellis, porque entonces, cuando sienten la soga, se cagan. Y dejan el lugar hecho una mugre. Mr. Ellis es el verdugo, por si no lo sabe.

Cuando sintiу cerrarse la puerta a sus espaldas, fue a tumbarse boca arriba en el pequeсo camastro. Cerrу los ojos. Hubiera sido bueno sentir el agua frнa de ese caсo enervбndole la piel y azulбndola de frнo. En Pentonville Prison, los reos, con excepciуn de los condenados a muerte, podнan baсarse con jabуn una vez por semana en ese chorro de agua frнa. Y las condiciones de las celdas eran pasables. En cambio, recordу con un escalofrнo la suciedad de la cбrcel de Brixton, donde se habнa llenado de piojos y pulgas que pululaban en el colchуn de su camastro y le habнan cubierto de picaduras la espalda, las piernas y los brazos. Procuraba pensar en eso, pero una y otra vez volvнan a su memoria la cara disgustada y la voz odiosa del rubio pasante ataviado como un figurнn que le habнa enviado maоtre Gavan Duffy en vez de venir йl en persona a darle las malas noticias.

II

De su nacimiento, el 1 de septiembre de 1864, en Doyle's Cottage, Lawson Terrace, en el suburbio Sandycove de Dublнn, no recordaba nada, claro estб. Aunque siempre supo que habнa visto la luz en la capital de Irlanda, buena parte de su vida dio por hecho lo que su padre, el capitбn Roger Casement, que habнa servido ocho aсos con distinciуn en el Tercer Regimiento de dragones ligeros, en la India, le inculcу: que su verdadera cuna era el condado de Antrim, en el corazуn del Ulster, la Irlanda protestante y pro britбnica, donde el linaje de los Casement estaba establecido desde el siglo xviii.

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