Roger fue criado y educado como anglicano de la Church of Ireland, al igual que sus hermanos Agnes (Nina), Charles y Tom —los tres mayores que йl—, pero, desde antes de tener uso de razуn, intuyу que en materia de religiуn no todo en su familia era tan armonioso como en lo demбs. Incluso para un niсo de pocos aсos era imposible no advertir que su madre, cuando estaba con sus hermanas y primos de Escocia, actuaba de manera que parecнa esconder algo. Descubrirнa quй, ya adolescente: aunque en apariencia, para casarse con su padre, Anne Jephson se habнa convertido al protestantismo, a ocultas de su marido seguнa siendo catуlica («papista» habrнa dicho el capitбn Casement), confesбndose, oyendo misa y comulgando, y, en el mбs celoso de los secretos, йl mismo habнa sido bautizado como catуlico al cumplir cuatro aсos, durante un viaje de vacaciones que йl y sus hermanos hicieron con su madre a Rhyl, en el norte de Gales, donde las tнas y tнos maternos que vivнan allб.

En esos aсos, en Dublнn, o en los perнodos que pasaron en Londres y en Jersey, a Roger no le interesaba para nada la religiуn, aunque, para no disgustar a su padre, durante el oficio dominical rezara, cantara y siguiera el servicio con respeto. Su madre le habнa dado clases de piano y tenнa una voz clara y templada que solнa ganarle aplausos en las reuniones familiares en las que entonaba viejas baladas irlandesas. Lo que de veras le interesaba en ese tiempo eran las historias que, cuando estaba de buen бnimo, les contaba el capitбn Casement a йl y a sus hermanos. Historias de la India y Afganistбn, sobre todo sus batallas contra los afganos y los sijs. Aquellos nombres y paisajes exуticos, aquellos viajes cruzando selvas y montaсas que escondнan tesoros, fieras, alimaсas, pueblos antiquнsimos de extraсas costumbres, dioses bбrbaros, disparaban su imaginaciуn. A sus hermanos, a veces, aquellos relatos los aburrнan, pero el pequeсo Roger hubiera podido pasarse horas y dнas escuchando las aventuras de su padre en las remotas fronteras del Imperio.

Cuando aprendiу a leer, le gustaba enfrascarse en las historias de los grandes navegantes, los vikingos, portugueses, ingleses y espaсoles que habнan surcado los mares del planeta volatilizando los mitos segъn los cuales, llegadas a cierto punto, las aguas marinas comenzaban a hervir, se abrнan abismos y aparecнan monstruos cuyas fauces podнan tragarse un barco entero. Aunque, entre oнdas y leнdas, Roger prefiriу siempre escuchar aquellas aventuras de boca de su padre. El capitбn Casement tenнa una voz cбlida, describнa con rico vocabulario y animaciуn las selvas de la India o los roquedales de Khyber Pass, en Afganistбn, donde su compaснa de dragones ligeros fue emboscada una vez por una masa de enturbantados fanбticos a los que los bravos soldados ingleses se enfrentaron a balazos primero, luego a la bayoneta, y por fin con puсales y manos desnudas, hasta obligarlos a retirarse derrotados. Pero no eran los hechos de armas lo que mбs encandilaba la imaginaciуn del pequeсo Roger, sino los viajes, abrir caminos por paisajes nunca hollados por el hombre blanco, las proezas fнsicas de resistencia, vencer los obstбculos de la naturaleza. Su padre era entretenido pero severнsimo y no vacilaba en azotar a sus hijos cuando se portaban mal, incluso a Nina, la mujercita, pues asн se castigaban las faltas en el Ejйrcito y йl habнa comprobado que sуlo esa forma de castigo era eficaz.

Aunque admiraba a su padre, a quien Roger querнa de verdad era a su madre, esa mujer esbelta que parecнa flotar en vez de andar, de ojos y cabellos claros y cuyas manos, tan suaves, cuando se enredaban en sus rizos o acariciaban su cuerpo a la hora del baсo lo colmaban de felicidad. Una de las primeras cosas que aprenderнa fue —їtenнa cinco, seis aсos?— que sуlo podнa correr a echarse en brazos de su madre cuando el capitбn no estaba cerca. Este, fiel a la tradiciуn puritana de su familia, no era partidario de que los niсos crecieran entre mimos, pues eso los volvнa blandos para la lucha por la vida. Delante de su padre, Roger se mantenнa a distancia de la pбlida y delicada Anne Jephson. Pero cuando aquйl partнa a reunirse con sus amigos en su club o a dar un paseo, corrнa hacia ella, que lo cubrнa de besos y caricias. A veces, Charles, Nina y Tom protestaban: «A Roger lo quieres mбs que a nosotros». Su madre les aseguraba que no, querнa a todos igual, sуlo que Roger era muy pequeсo y necesitaba mбs atenciуn y cariсo que los mayores.

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