Sуlo muchos aсos mбs tarde aprenderнa a sentirse cуmodo en Magherintemple House, la casa solar de los Casement, que se habнa llamado antes Churchfield y habнa sido una rectorнa de la parroquia anglicana de Culfeightrin. Porque los seis aсos que viviу allн, entre sus nueve y quince aсos, con el tнo abuelo John y la tнa abuela Charlotte y demбs parientes paternos, siempre se sintiу algo extranjero en esa imponente mansiуn de piedras grises, de tres pisos, altos cielorrasos, muros cubiertos de hiedra, techos de falso gуtico y cortinajes que parecнan ocultar fantasmas. Las vastas habitaciones, los largos pasillos y las escaleras con gastados pasamanos de madera y escalones que gruснan aumentaban su soledad. En cambio, gozaba al aire libre, entre los recios olmos, sicomoros y durazneros que resistнan el viento huracanado y las suaves colinas con vacas y ovejas desde las cuales se divisaba el pueblo de Ballycastle, el mar, las rompientes que embestнan contra la isla de Rathlin y, en los dнas despejados, la borrosa silueta de Escocia. Iba con frecuencia a las aldeas vecinas de Cushendun y Cushendall, que parecнan el escenario de antiguas leyendas irlandesas, y a los nueve glens de Irlanda del Norte, esos delgados valles cercados de colinas y laderas rocosas en cuyas cumbres trazaban cнrculos las бguilas, espectбculo que lo hacнa sentirse valiente y exaltado. Su diversiуn preferida eran las excursiones por aquella tierra бspera, de campesinos tan aсosos como el paisaje, algunos de los cuales hablaban entre ellos el antiguo irlandйs, sobre el que su tнo abuelo John y sus amigos hacнan a veces crueles bromas. Ni Charles ni Tom compartнan su entusiasmo por la vida al aire libre ni gozaban con las caminatas a campo traviesa o escalando las lomas escarpadas de Antrim; Nina, en cambio, sн, y por eso, pese a ser ocho aсos mayor que йl, fue su preferida y con la que siempre se llevarнa mejor. Con ella hizo varias excursiones hasta la bahнa de Murlough, erizada de rocas negras y su playita pedregosa, al pie del Glenshesk, cuyo recuerdo lo acompaсarнa toda la vida y a la que siempre se referirнa, en sus cartas a la familia, como «ese rincуn del Paraнso».
Pero todavнa mбs que los paseos por el campo, a Roger le gustaban las vacaciones de verano. Las pasaba en Liverpool, donde su tнa Grace, hermana de su madre, en cuya casa se sentнa querido y acogido: por aunt Grace, desde luego, pero tambiйn por su esposo, el tнo Edward Bannister, que habнa corrido mucho mundo y hacнa viajes de negocios al Бfrica. Trabajaba para la naviera mercante Eider Dempster Line, que transportaba carga y pasajeros entre Gran Bretaсa y el Бfrica Occidental. Los hijos de tнa Grace y tнo Edward, sus primos, fueron mejores compaсeros de juegos de Roger que sus propios hermanos, sobre todo su prima Gertrude Bannister, Gee, con la que, desde muy niсo, tuvo una cercanнa que nunca empaсу un solo disgusto. Eran tan unidos que alguna vez Nina les bromeу: «Ustedes terminarбn casбndose». Gee se riу pero Roger enrojeciу hasta la punta de los cabellos. No se atrevнa a levantar la vista y balbuceaba: «No, no, por quй dices esa tonterнa».
Cuando estaba en Liverpool, donde sus primos, Roger vencнa a veces su timidez e interrogaba al tнo Edward sobre el Бfrica, un continente cuya sola menciуn le llenaba la cabeza de bosques, fieras, aventuras y hombres intrйpidos. Gracias al tнo Edward Bannister oyу hablar por primera vez del doctor David Livingstone, el mйdico y evangelista escocйs que desde hacнa aсos exploraba el continente Africano, recorriendo rнos como el Zambezi y el Shire, bautizando montaсas, parajes desconocidos y llevando el cristianismo a las tribus de salvajes. Habнa sido el primer europeo en cruzar el Бfrica de costa a costa, el primero en recorrer el desierto de Kalahari y se habнa convertido en el hйroe mбs popular del Imperio britбnico. Roger soсaba con йl, leнa los folletos que describнan sus proezas y ansiaba formar parte de sus expediciones, enfrentar a su lado los peligros, ayudarlo en llevar la religiуn cristiana a esos paganos que no habнan salido de la Edad de Piedra. Cuando el doctor Livingstone, buscando las fuentes del Nilo, desapareciу tragado por las selvas Africanas, Roger tenнa dos aсos. Cuando, en 1872, otro aventurero y explorador legendario, Henry Morton Stanley, periodista de origen gales empleado por un periуdico de New York, emergiу de la jungla anunciando al mundo que habнa encontrado vivo al doctor Livingstone, estaba por cumplir ocho. El niсo viviу la novelesca historia con asombro y envidia. Y cuando, un aсo mбs tarde, se supo que el doctor Livingstone, que nunca quiso abandonar el suelo Africano ni volver a Inglaterra, falleciу, Roger sintiу que habнa perdido a un familiar muy querido. De grande, йl tambiйn serнa explorador, como esos titanes, Livingstone y Stanley, que estaban extendiendo las fronteras de Occidente y viviendo unas vidas tan extraordinarias.