Se levantó y guió a Sano a través del Interior Grande, que se iba despertando poco a poco. Oficiales y guardias de palacio hacían sus rondas matutinas. Las doncellas desfilaban por los pasillos con bandejas de té y aguamaniles. Tras las paredes de papel se oía el frufrú de las sábanas y un murmullo de voces femeninas somnolientas. El ambiente estaba viciado con un olor a sueño y perfume rancio. Pero el pasillo que daba a la habitación de la dama Harume estaba desierto. Sano dio las gracias a Chizuru, corrió la puerta y se encerró en el interior de la celda. Se quedó quieto unos instantes, mirando alrededor, absorbiendo impresiones.
Las persianas de listones dejaban pasar la brumosa luz del día por la ventana. El mobiliario seguía tal cual. Pero, bajo el olor a jabón, Sano detectaba la persistente mácula de la sangre y el vómito. En su cabeza veía a Harume tumbada en el suelo, horripilante en su muerte antinatural. Parecía que su espíritu infectase el aire. A pesar de no haberla conocido, Sano tuvo una repentina y vívida imagen de la chica cuando vivía: vivaz, de ojos brillantes y risa alegre cuyo eco llegaba a través de la distancia que la separaba del otro mundo. Le recorrió un escalofrío, como si hubiera visto un fantasma.
Sano abandonó su fantasía y empezó un registro sistemático de cofres y armarios. En su pasada visita se había preocupado ante todo de encontrar el veneno. En aquella ocasión, al examinar las pertenencias de la dama Harume, se preguntaba: ¿quién era? ¿Quiénes eran sus amigas? ¿Qué era importante para ella? ¿Qué rasgos de personalidad tenía, qué había hecho que pudiera inspirar un asesinato?
Examinó con mayor detenimiento los quimonos que sólo había estudiado por encima la última vez, extendiéndolos sobre el suelo. Dos eran de algodón, muy arrugados, sin trazas de que se los hubiera puesto recientemente; lo más probable es que los hubiera llevado consigo al castillo y los hubiese dejado de lado a favor de los seis caros modelos de seda que debía de haber recibido como concubina. Toas las prendas tenían en común cierta extravagancia de color y diseño, una falta de elegancia. Sano contempló el ejemplo más chocante del gusto de Harume: una pieza de verano cuyos estridentes lirios amarillos y verdes hiedras parecían vibrar contra un fondo naranja brillante.
El cofre de acero contenía un montón de papeles atados por un cordel deshilachado. Sano los hojeó con la esperanza de encontrar cartas personales, pero no eran más que antiguos programas de teatro kabuki y noticieros ilustrados de los que pregonaban los vendedores de Edo. También había un amuleto de la buena suerte del templo de Hakka en Asakusa: una oración impresa en papel barato. En los cajones, Sano descubrió polvos para la cara, carmín, perfume, fajas chillonas y ornamentos florales para el pelo; naipes, baratijas y una vieja muñeca de madera con el pelo de estopa: probablemente un juguete de su infancia. Sano suspiró, frustrado. Allí no había nada que indicase que Harume hubiera sido otra cosa que una joven normal y corriente sin inquietudes intelectuales ni relaciones especiales. ¿Por qué alguien habría querido matar a semejante nulidad?
Tal vez la teoría del magistrado Ueda era la correcta y el objetivo real del asesino había sido el bebé nonato y el linaje de los Tokugawa. A menos que los padres de Harume aportasen indicios novedosos, la investigación de sus orígenes era un callejón sin salida.
Entonces, cuando devolvía los objetos a su armario, recogió una bolsa de seda azul con peonías blancas bordadas y un cordón rojo. Dentro había un bulto. Sano abrió la bolsa y sacó un cuadrado doblado de muselina cruda. Lo desdobló con curiosidad. Contenía un mechón de pelo negro y tres uñas, al parecer arrancadas enteras de una mano, con piel muerta en los bordes. Sano torció la boca, asqueado. No recordaba que al cadáver de Harume le faltara ninguna uña, y seguro que el doctor Ito lo hubiese descubierto durante el reconocimiento. ¿De dónde había sacado Harume las espeluznantes reliquias, y con qué objeto?
Se le ocurrió una posible respuesta, pero parecía incongruente, y no veía cómo su hallazgo se relacionaba con el asesinato. Volvió a envolver las uñas y el pelo en la muselina y los metió en la bolsa, que se guardó en la que él llevaba a la cintura para su posterior examen. Después emprendió una nueva inspección del resto de pertenencias de la dama Harume. ¿Qué más pruebas se habría saltado?