Había pasado una noche horrorosa, alternando vívidos sueños eróticos con ella con rachas en vela de recriminación. ¡Qué tonto había sido al dejar que lo engañara! Después de capturar al teniente Kushida, había abandonado toda intención de dormir y había formulado su plan para la entrevista. Su idea era seguir primero con la búsqueda de Choyei mientras memorizaba el plan y reforzaba su entereza para resistirse a los encantos de la dama Ichiteru.
Pero, en el mismo momento en que se guardaba el papel bajo la faja para consultarlo más adelante, ya la anhelaba. En su memoria oía su voz suave y ronca, sentía el calor de su mirada seductora y el contacto incitante de su mano. De inmediato sintió un sofoco arrollador. Y, por debajo de su excitación, experimentaba la vergonzosa conciencia de su inferioridad social, la impotencia de su deseo.
– ¡Cuidado, maestro!
La advertencia, proferida por un transeúnte, arrancó a Hirata de sus cavilaciones. Alzó la vista y vio que había dejado atrás el final del puente. Su caballo deambulaba por la calle arrollando las mercaderías expuestas por los vendedores ambulantes. Frenó sin dilación a su montura.
– Disculpad -dijo, cada vez más preocupado por la próxima entrevista. ¿Cómo iba a obtener la verdad de la dama Ichiteru si con sólo pensar en ella su concentración se iba al traste?
Cuando llegó al barrio de ocio de Ryogoku Hongo Muko descubrió que la animación no se resentía del tiempo desapacible. Una compañía teatral improvisaba sainetes en la calle ante un público nutrido y escandaloso; el negocio iba viento en popa en restaurantes y salones de té. Pero la Casa de los Monstruos estaba cerrada, el escenario vacío y las puertas correderas echadas. Fuera, un cartel rezaba: «HOY NO HABRÁ REPRESENTACIÓN.» A Hirata se le cayó el alma a los pies. Si la Rata andaba recorriendo la ciudad, podía no regresar en horas, incluso días. Adiós a las pistas sobre el traficante de drogas.
Al volver grupas hada el puente, avistó una figura conocida entre los que buscaban entretenimiento. Era el coloso calvo que ejercía de guardaespaldas de la Rata y recogía el dinero de las entradas para el espectáculo. Iba paralelo al cortafuego, dejando atrás garitos de juego y espectáculos de curiosidades. Hirata lo siguió. Quizá el gigante pudiera decirle dónde estaba la Rata.
El coloso desapareció por el hueco que había entre la casa de fieras y el puesto de fideos. Una pandilla de borrachos dando tumbos le cortó el paso a Hirata, y cuando llegó al hueco ya no había ni rastro del gigante. Desmontó y ató su caballo a un poste. Se adentró en el angosto pasaje, que apestaba a orina y llevaba a un callejón que recorría la parte de atrás de los edificios. Salían rugidos de la casa de fieras y vapor de las cocinas; los perros callejeros rebuscaban por los cubos de basura. Aparte de ellos, el callejón estaba desierto.
Hirata pasó corriendo por delante de las puertas traseras cerradas de los establecimientos. Entonces oyó voces: el acento pueblerino de la Rata y la voz apagada de alguien más. Procedían de la trastienda de un salón de té. Atisbó entre los barrotes de la ventana.
Las paredes de la habitación estaban atestadas de botellas de loza para el sake. La Rata, arrodillada en el suelo de espaldas a Hirata, asentía con la cabeza a las palabras de la mujer que tenía delante, con el cabello y el cuerpo ocultos por una capa. A la tenue luz que entraba por la ventana, Hirata apenas alcanzaba a distinguirle la cara: fea y ya mayor, con los dientes ennegrecidos.
– El trato será beneficioso para los dos -dijo ella en voz baja y con tono de súplica-. Mi familia tendrá paz, y vuestro negocio prosperará.
– De acuerdo. Quinientos
La mujer agachó la cabeza.
– Muy bien. Si me acompañáis, lo recogeremos ahora.
Hirata ya había visto antes a la Rata enfrascada en aquel tipo de negociaciones y se imaginaba lo que se estaba cociendo. Levantó la mano para llamar a la puerta. Entonces, algo en el aire le advirtió de la presencia de otra persona en el callejón. Se volvió con rapidez. Unas manos fuertes lo aferraron por los hombros y lo levantaron del suelo. Se encontró cara a cara con el gigante de la Rata.
– He venido a ver a tu amo -explicó Hirata mientras se debatía entre sus brazos de acero-. ¡Suéltame!
El gigante sonrió con malevolencia. Hirata recordó consternado que era sordomudo. Con gran estrépito arrojó a Hirata contra la pared. El detective desenvainó su espada. En aquel momento, se abrió la puerta con un chirrido.
– ¿Qué pasa aquí? -preguntó la Rata. Al ver a Hirata dispuesto a enzarzarse con su sirviente, salió corriendo-. ¡Detente, Kyojin!
El gigante emitió unos gritos entrecortados y señaló la ventana, tratando de explicar que había pillado a Hirata espiando.
– Es policía -dijo la Rata con exagerados movimientos de labios y gesticulando en lo que parecía una forma privada de lenguaje de signos-. ¡Déjalo antes de que te mate y me arreste!