El coloso se retiró resentido. Hirata se tranquilizó y enfundó la espada.

– Qué alegría volver a veros tan pronto -le dijo la Rata con una falsa sonrisa-. ¿Qué puedo hacer hoy por vos?

– ¿Has encontrado a Choyei, el vendedor de drogas?

La Rata echó un vistazo nervioso a la puerta abierta y se atusó el bigote.

– Ahora no tengo tiempo de hablar; estoy en mitad de otro asunto.

Reparó en algo en la trastienda del salón de té y salió disparado, para luego volver a salir entre maldiciones.

– Se ha ido; se habrá escabullido por la otra salida. -Después, se encogió de hombros y confirmó las sospechas de Hirata-. Qué le vamos a hacer. Ya volverá. Quiere venderme a su hijo deforme para mi espectáculo de monstruos. El pobre nació sin pies. ¿Quién más va a quererlo? En fin, ¿qué me decíais?

– El vendedor de drogas -apuntó Hirata.

– Ah. -Los ojillos maliciosos de la Rata brillaron por entre la maraña de pelo largo y revuelto-. Me temo que no he podido encontrarlo. Lo siento.

– Pero si sólo ha pasado un día -protestó Hirata-. Tampoco puedes haber buscado mucho.

– La Rata tiene ojos y oídos por todo Edo. Si no han dado con Choyei a estas alturas, o se ha ido de la ciudad o no ha estado nunca en ella.

Hirata pensó que si su mejor informador era incapaz de encontrar la posible fuente del veneno, entonces esa pista no le llevaba a ningún sitio. Su decepción se trocó en ira.

– Te pagué una buena cantidad -dijo agarrando a la Rata por el cuello del quimono. El gigantón se acercó-. ¿Estás incumpliendo nuestro trato?

– ¡Quieto, Kyojin! Oh, no. ¡En absoluto! – La Rata metió la mano con rapidez en la bolsa que llevaba a la cintura y sacó un puñado de monedas, que entregó a Hirata-. Aquí tenéis. Un reembolso completo, con mis disculpas.

La suspicacia exacerbó la furia de Hirata al meterse las monedas en su bolsa. ¿Desde cuándo se había desprendido la Rata de dinero por voluntad propia?

– ¿Intentas tomarme el pelo? -Sacudió al dueño de la Casa de los Monstruos hasta hacerle menear la cabeza-. ¿Te ha comprado Choyei?

– ¡No, no! ¡De verdad!

La Rata forcejeó. El gigante agarró a Hirata. Siguió una pelea a tres bandas. Al final Hirata cejó y lo soltó.

– Si descubro que me has mentido, acabarás arrestado. Y en la cárcel. ¡Y apaleado!

Subrayó cada una de las amenazas con un puñetazo en el pecho de la Rata. Después se fue airado por el callejón para recuperar su caballo.

Había llegado el momento de vérselas con la dama Ichiteru.

Para cuando llegó al castillo de Edo, se encontraba ya casi enfermo de ansia de ver de nuevo a la concubina. A medida que atravesaba la puerta principal, notaba la piel calenturienta, las manos temblorosas; la desazón evocaba excitación sexual. Se dio cuenta de que, en aquel estado, no podía hablar con la dama Ichiteru a solas y pasó por la mansión de Sano a recoger a dos detectives para que lo acompañaran. Su presencia garantizaría que se ajustara al plan y que la concubina se comportase con corrección. Pero justo cuando Hirata y los detectives salían de los barracones, se les acercó un criado.

– Llegó esto cuando no estabais, mi señor -dijo mientras le ofrecía un pequeño estuche laqueado para pergaminos.

Hirata lo cogió y sacó una carta. La leyó con el corazón en un puño.

Dispongo de información de vital importancia sobre el asesinato de la dama Harume. Es fundamental que hable con vos, pero no hoy, ni aquí en el castillo de Edo. Que las personas inadecuadas oyeran lo que debo comunicaros pondría en peligro mi vida. Os ruego que os encontréis conmigo mañana a la hora de la oveja en el lugar que más abajo se indica.

Os ruego que vengáis a solas.

El placer con el que anhelo volver a veros escapa de lo corriente.

La dama Ichiteru

La misiva iba acompañada de un mapa con indicaciones escritas con la misma letra elegante y femenina del mensaje. El cremoso papel de arroz blanco poseía la suavidad de la piel femenina. Humedecido por las manos súbitamente sudorosas de Hirata, despedía el aroma del perfume de la dama Ichiteru. Se lo apretó contra la cara sin pensar. Las evocaciones eróticas del olor le hicieron olvidar los sinsabores de su jornada. ¡La dama Ichiteru quería volver a verlo! ¿Acaso su despedida no daba a entender que compartía sus sentimientos? Se animó y rompió a reír.

– ¿Hirata-san? ¿Qué hacéis?

Alzó la vista y vio a los detectives, que lo miraban con preocupación.

– Nada -dijo mientras metía a toda prisa la carta en el estuche.

– ¿Iremos ahora a visitar a la dama Ichiteru? -le preguntó uno de los hombres.

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