Acompañado de Hirata, Sano se acercó de mala gana a la tarima. Se arrodillaron frente al nivel superior del suelo y dedicaron una reverencia a los presentes.
– Lamento anunciar que la investigación del asesinato aún no ha concluido, excelencia -dijo Sano.
Miró con desasosiego hacia el chambelán Yanagisawa, que a buen seguro aprovecharía aquella oportunidad para denigrarlo. No obstante, Yanagisawa parecía absorto, con la mirada oscura vuelta hacia su interior. Con mayor confianza, Sano empezó a referir los progresos del caso.
El anciano Makino asumió el papel de detractor que habitualmente ejercía el chambelán.
– Así que todavía no habéis localizado el veneno. El teniente Kushida está bajo arresto por atacaros y por tratar de robar pruebas, pero no estáis convencido de que él sea el asesino. Yo diría que todo esto no conduce a nada. ¿Qué hay de la dama Ichiteru?
Hirata carraspeó y dijo:
– Disculpad. No hay pruebas en su contra.
Sano lo miró con consternación. Hirata jamás tomaba la palabra en aquellas reuniones a menos que se lo pidieran y, por lo que Sano sabía, tampoco había pruebas que demostrasen la inocencia de la dama Ichiteru. No podía llevarle la contraria delante del Consejo, pero, en cuanto estuvieran a solas, descubriría qué era exactamente lo que había pasado durante la entrevista con la dama Ichiteru y cuál era el motivo del extraño comportamiento de Hirata.
– Bueno, si el asesino no es ni el teniente Kushida ni la dama Ichiteru -dijo Makino-, entonces tenéis dos sospechosos menos que ayer. -Se volvió hacia el chambelán Yanagisawa-. Un paso atrás, ¿no os parece?
Arrancado de sus cavilaciones íntimas, Yanagisawa reprendió a Makino:
– Un caso difícil como éste requiere más de dos días para cerrarse. ¿Qué esperáis, un milagro? Dadle tiempo al sosakan y triunfará, como de costumbre.
El primer anciano se quedó boquiabierto. Sano no daba crédito a sus oídos. ¿El chambelán Yanagisawa lo defendía en una reunión del Consejo? Su sospecha hacia su enemigo iba en aumento. ¿Acaso lo animaba a seguir el actual curso de la investigación porque lo alejaba de algo que él quería ocultar? Sin embargo, nada de lo encontrado implicaba a Yanagisawa en el asesinato. Ninguno de los informadores de Sano lo había advertido sobre un nuevo complot contra él.
– He descubierto la procedencia de la tinta -anunció Sano-. El caballero Miyagi admite que se la envió a Harume junto con una carta en la que le ordenaba que se tatuara su nombre en el cuerpo.
Describió la relación entre el daimio y la concubina, y la complicidad de la dama Miyagi.
– ¿Que Miyagi violó a mi concubina y la mató? -farfulló a gritos, ultrajado, Tokugawa Tsunayoshi-. ¡Es vergonzoso! ¡Arrestadlo de inmediato!
– No hay pruebas de que envenenase la tinta -dijo Sano-. Podría haberlo hecho otra persona, en la mansión Miyagi, aquí en el castillo de Edo o en algún punto del camino. Por el momento, el caballero y la dama Miyagi quedan bajo estrecha vigilancia. Y he empezado a indagar en los orígenes de Harume, dado que es posible que las raíces del asesinato se encuentren allí. He hablado con su padre… y he registrado su habitación.
Sano oyó que Hirata daba un respingo. Notaba la carta de la dama Keisho-in como si fuera una hoja de metal clavada en su carne. Un ciudadano japonés no incriminaba a un miembro del clan Tokugawa sin exponerse a las consecuencias. Cualquier palabra o acción ofensiva sería vista como un ataque contra el propio sogún. Que la dama Keisho-in hubiese matado o no a Harume no alteraba aquel hecho. Al acusar a la madre del sogún, con razón o sin ella, Sano podía ser acusado de traición y ejecutado como castigo.
– Una estrategia brillante -comentó el chambelán Yanagisawa con un chisporroteo de entusiasmo en los ojos-. ¿Qué habéis descubierto?
Había llegado el momento de presentar la carta de la dama Keisho-in y la declaración de Jimba. Había llegado el momento del valor del samurái. Sano se debatió en la duda. Su espíritu flaqueó; se le encogió el estómago.
– Conocer más el carácter de la dama Harume me ayudará a entender cómo pudo haber provocado un asesinato -dijo para ganar tiempo. No mencionó el pelo y las uñas que había encontrado entre la ropa de la concubina porque no sabía si eran relevantes para el caso-. Y he hallado nuevas pistas que habrá que investigar.
Decidió esperar a un momento posterior de la reunión para revelar la carta y se maldijo por cobarde. Hirata disimuló un suspiro de alivio ante el aplazamiento. A Sano le pareció ver muestras de decepción en el rostro de Yanagisawa. El anciano Makino contemplaba al chambelán con el entrecejo fruncido, claramente intrigado por la aparente ruptura de su pacto para desacreditar a Sano.
– De modo que lo que nos decís, sosakan-sama, es que habéis perdido un montón de tiempo investigando a la dama Harume sin descubrir nada de importancia.
Por una vez Sano disponía de una réplica espectacular al acoso de Makino, aunque no le placiera emplearla.