Todos los instintos policiales de Hirata lo conminaban a ajustarse al plan que había ideado y a no dejar que lo manipulase una sospechosa de asesinato. «Algo trama», decía su voz interior. Pero Hirata no podía poner en peligro a la dama Ichiteru, obligarla a darle pruebas estando al alcance de los oídos de posibles espías. Y suspiraba por explorar el potencial de su relación con ella, fuera de los confines del castillo, libres de las restricciones del deber y la prudencia.
– No -dijo por fin-. Voy a posponer la entrevista hasta mañana.
Después ya decidiría si aceptaba la invitación de la dama Ichiteru. En su fuero interno, siete años de experiencia como detective clamaban una advertencia: «Destituido.»
23
Cuando Hirata y Sano atravesaron el jardín, el recinto interior del palacio se encontraba extrañamente vacío, incluso para ser una fría tarde de otoño. Los cerezos alzaban sus ramas desnudas y negras contra un cielo de color ceniza; la humedad brillaba en las superficies de las piedras; las hojas muertas alfombraban la hierba. Un solitario guardia de patrulla hacía la ronda. Aprovechando el momento de intimidad previo a informar al sogún, Sano compartió con Hirata los resultados de sus pesquisas y le dio la carta hallada en la habitación de la dama Harume.
Hirata la leyó y silbó entre dientes.
– ¿Se la mostraréis al sogún?
– ¿Tengo alguna alternativa? -respondió Sano en tono sombrío mientras volvía a guardársela bajo la faja.
El guardia apostado a la puerta del palacio se dirigió a ellos:
– Su excelencia celebra una sesión extraordinaria de emergencia con el Consejo de Ancianos. Esperan vuestro informe en la Gran Sala de Audiencias.
El desaliento se apoderó de Sano como una marea de hielo. Las reuniones del Consejo eran una indefectible fuente de problemas para él. Deseaba poder posponer su informe y las inevitables repercusiones, pero no parecía haber ninguna oportunidad de aplazamiento. Con Hirata a su lado, avanzó por los pasillos del palacio. Los centinelas abrieron unas enormes puertas dobles con grabados de malcaradas deidades custodias.
Del artesonado del techo pendían faroles encendidos. Tokugawa Tsunayoshi estaba arrodillado en la tarima. Un mural dorado con un paisaje resaltaba sus vestimentas ceremoniales negras. El chambelán Yanagisawa ocupaba su lugar habitual a la derecha del sogún, en el más alto de los dos niveles del suelo. junto a él y a la misma altura, los cinco ancianos se repartían en dos filas enfrentadas, en ángulo recto respecto de su señor. Sin embargo, los secretarios no estaban presentes. Tan sólo el camarero mayor del sogún servía té y ofrecía tabaco y cestas metálicas con brasas de carbón para las pipas. La ley limitaba la presencia de personal en las sesiones extraordinarias de emergencia.
Cuando Hirata y Sano se arrodillaron al fondo de la sala, habló el primer anciano, Makino Narisada.
– Excelencia, pedimos disculpas por solicitar una reunión de este tipo con tan poca antelación, pero el asesinato de la dama Harume ha ocasionado varios incidentes preocupantes. El comandante en jefe del Interior Grande se ha hecho el haraquiri para expiar su falta al dejar que se cometiera un asesinato durante su guardia. Abundan los rumores y las acusaciones. Una concierne a Kato Yuichi, miembro subalterno del consejo judicial. Su colega y rival, Sagara Fumio, contaba que Kato había matado a la dama Harume como práctica para un envenenamiento masivo de altos funcionarios. Kato le pidió cuentas a Sagara. Se batieron en duelo. Ahora los dos están muertos, y el consejo judicial anda revuelto, con decenas de hombres que compiten por los puestos vacantes.
Era lo que Sano había temido: el asesinato había encendido los ánimos dentro del bakufu, un polvorín siempre presto a explotar. La terrorífica pesadilla de anteriores investigaciones había regresado: a causa de su demora para resolver el caso, se habían producido más muertes.
– Otros problemas de menor importancia han ocasionado molestias -dijo Makino-. Muchos se resisten a creer que el objetivo del asesino fuera una simple concubina. Aquí nadie quiere comer ni beber. -Echó una mirada a los cuencos de té intactos que tenían delante sus colegas-. Los criados abandonan sus puestos. Los funcionarios escapan de Edo con la excusa de tener asuntos pendientes en las provincias.
«Por eso está tan vacío el palacio», pensó Sano.
– A este paso -siguió el anciano-, pronto no quedará nadie para conducir los asuntos de la capital. Excelencia, recomiendo la adopción de medidas enérgicas para evitar el desastre.
Tokugawa Tsunayoshi, que se había ido encogiendo más y más a medida que hablaba el anciano, alzó las manos en ademán de impotencia.
– Bueno, ah, a mí no se me ocurre qué hacer -dijo. Paseó la mirada en busca de ayuda y, al ver a Sano, le indicó que se acercase mientras exclamaba-: ¡Ah! He aquí al hombre que puede volver las cosas a la normalidad. ¡Sosakan Sano, dinos por favor que has identificado al asesino de la dama Harume!