Mientras esbozaban sus humildes sonrisas, los dos interrogadores aseguraron a Kurtz que no tenían nada que preguntar. Mientras los interrogadores se iban, Kurtz les espetó:
- Comiencen por el final. Más adelante podrán meterse con el principio, si es que hay tiempo para ello.
En otras reuniones se abordó el más complejo tema centrado en cuál sería la mejor manera de persuadir a Yanuka de que debía colaborar con sus planes, y conseguirlo con muy poco tiempo. Una vez más fueron convocados los tan amados psiquiatras de Misha Gavron, se escuchó su parecer y fueron debidamente despedidos. Mayor éxito tuvo una conferencia sobre drogas alucinógenas y desintegrantes, y hubo una rápida búsqueda de otros interrogadores que ya las hubieran utilizado con éxito. De esta manera se incorporó, como siempre sucedía, al planteamiento a largo plazo un cierto ambiente de improvisaciones en el último instante, ambiente que Kurtz, más que nadie, amaba. Habiendo llegado a un acuerdo con respecto a todo lo anterior, Kurtz mandó a los interrogadores a Munich, antes del tiempo previsto, para preparar sus luces y sus efectos sonoros, así como para instruir a los guardianes acerca del comportamiento a seguir. Los interrogadores llegaron con su aspecto de pareja de músicos, con un pesado equipaje y con trajes parecidos a los de Satchmo. El comité de Schwili los siguió dos días después, y sus miembros se aposentaron discretamente en el apartamiento inferior, haciéndose pasar por filatélicos profesionales que habían acudido a la ciudad en vistas a la gran subasta de sellos que en ella iba a celebrarse. A los vecinos esta historia les pareció perfectamente verosímil. Se dijeron: «Son judíos, pero ¿qué importa, en estos tiempos?» A modo de equipo llevaban, además del sistema portátil de acumulación de datos de la señorita Bach, magnetófonos, auriculares, paquetes de comida en lata, y a un muchacho muy delgado, llamado Samuel el Pianista, encargado de manejar el teletipo en comunicación con el puesto de mando de Kurtz. Samuel llevaba un revólver Colt, de gran tamaño, debajo de su gruesa blusa acolchada, propia de montañero, y cuando Samuel transmitía, todos oían el sonido de los choques del revólver contra el borde de la mesa, pero, a pesar de ello, Samuel jamás se desprendía de su arma. Samuel pertenecía a la misma clase de tipo que Daniel, el de la casa de Atenas, por sus modales parecía su hermano gemelo.
La distribución de las habitaciones era competencia de la señorita Bach. Asignó a Leon, basándose en lo muy silencioso que era, la habitación de los niños. En las paredes de este cuarto se veían ciervos de húmedos ojazos comiendo pacíficamente gigantescas margaritas. Samuel fue a parar a la cocina, con su natural salida al patio trasero, en donde Samuel montó su antena y colgó de ella calcetines infantiles. Pero cuando Schwili vio la habitación que le habían asignado -un cuarto en el que dormir y trabajar al mismo tiempo-, no pudo reprimir una espontánea exclamación de desdicha. Dijo:
- ¡La luz! ¡Santo Dios, qué luz! ¡Ni una carta a la abuelita se puede falsificar con semejante luz!
Juntamente con Leon, rebosante de nerviosa creatividad, excitado ante aquella imprevista experiencia, la señorita Bach, tan dotada de sentido práctico, se dio cuenta inmediatamente de cuál era la naturaleza del problema: Schwili necesitaba más luz del día para realizar su trabajo, pero también la necesitaba, después de su largo encarcelamiento, para su alma. En un dos por tres, la señorita Bach llamó al piso superior y comparecieron los chicos argentinos. Siguiendo las instrucciones de la señorita Bach, se procedió a un rápido traslado de muebles, de un sitio a otro, igual que si se tratara de esos bloques de madera con que los niños juegan a arquitectos, y la mesa de trabajo de Schwili fue colocada junto a la ventana mirador de la sala de estar, desde la que se veía un panorama de hojas verdes y una buena porción de cielo. La propia señorita Bach puso una cortina más, de redecilla, para que el señor Schwili gozara de intimidad, y ordenó a Leon que hiciera una extensión de hilo de conducción eléctrica para la flamante lámpara italiana de Schwili. Luego, obedeciendo a un movimiento de la cabeza de la señorita Bach, todos dejaron en paz a Schwili, a pesar de que Leon le observaba a distancia, disimuladamente, desde la puerta.
Sentado ante la mugiente luz del sol, Schwili puso sobre la mesa sus preciosas tintas, plumas y papeles, situando cada cosa en su debido lugar, cual si mañana tuviera que pasar el gran examen final. Luego se quitó los gemelos de la camisa y se froto despacio las palmas de las manos para calentarlas, a pesar de que la temperatura era cálida, incluso para un ex presidiario. Luego se quitó el sombrero. Después tiró de sus dedos uno a uno, dando así soltura a las articulaciones, produciendo salvas de menudos chasquidos. Luego se dispuso a esperar, tal como había esperado en el curso de su vida adulta, en su integridad.