Comenzaba el cuarto día del interrogatorio de Yanuka, cuando llegó Kurtz para tomar las riendas, y el interrogatorio se había desarrollado, hasta el momento, con desesperante suavidad.
En Jerusalén, Kurtz había advertido a los dos encargados de interrogar a Yanuka:
- Lo podéis interrogar durante seis días como máximo. Pasados estos seis días, vuestros errores serán constantes, y los del interrogado también.
Se trataba de un trabajo que Kurtz amaba. Si Kurtz hubiera podido estar en tres sitios al mismo tiempo, en lugar de poder estar solamente en dos, se hubiera reservado para sí aquel trabajo. Pero no podía, por lo que había seleccionado, para que le representasen, a aquellos dos corpulentos especialistas en la técnica suave, famosos por sus parcos talentos de histriones, y por su lúgubre aspecto de buenas personas. No había parentesco entre los dos, y tampoco eran amantes, pero habían trabajado al unísono tantas veces y durante tanto tiempo, que sus amistosas expresiones causaban cierta impresión de repetición, y cuando Kurtz los convocó por vez primera en la casa de la calle Disraeli, las cuatro manos de los dos individuos reposaron, sobre el borde de la mesa, como las patas de dos perros. Al principio, Kurtz los trató con sequedad, debido a que los envidiaba, y además porque Kurtz consideraba, en aquellos momentos, que delegar funciones era equivalente a declararse derrotado. Dio a los dos sólo una leve pista de lo que sería su función; luego les ordenó que estudiaran el historial de Yanuka, y que no le dieran el parte de sus actuaciones hasta que se supieran dicho historial del derecho y del revés. Cuando aquellos dos regresaron, demasiado pronto a juicio de Kurtz, éste los acosó a preguntas, como si fuese un inquisidor más, y les pidió detalles acerca de la infancia de Yanuka, de su modo de vida, de sus pautas de comportamiento, de todo lo que pudiera ponerles en un aprieto. Pero sus contestaciones fueron perfectas. En consecuencia, no sin cierta desgana, Kurtz convocó a su Comité Literario, formado por la señorita Bach, por el escritor Leon y por el viejo Schwili, quienes en el curso de las últimas semanas habían formado un fondo común de excentricidades, llegando a ser un equipo íntimamente interrelacionado. Las instrucciones dadas por Kurtz en dicha ocasión fueron un ejemplo clásico del arte de la expresión oscura.
Para presentar a los nuevos muchachotes, Kurtz comenzó diciendo:
- La señorita Bach es la encargada de la supervisión y quien sostiene los hilos en sus manos.
El hebreo de Kurtz, después de treinta y cinco años de hablar este idioma, seguía siendo famosamente horroroso. Kurtz prosiguió:
- La señorita Bach se encarga de ser la monitora de la materia prima, tal como llega a sus manos. Ella es quien redacta los boletines de comunicación con el campo de operaciones. Ella suministra a Leon las directrices básicas de la actuación de éste. Ella se encarga de revisar las composiciones de Leon, y hace lo preciso para que dichas composiciones sean armónicas con el general plan de correspondencia.
En el caso de que los dos interrogadores hubieran sabido algo, con anterioridad, ahora sabían mucho menos que algo. Pero mantuvieron la boca cerrada. Kurtz dijo:
- La señorita Bach, tan pronto ha dado su aprobación a una composición, convoca una reunión con Leon y el señor Schwili.
Hacía más de cien años que nadie llamaba «señor» a Schwili.
- En esta reunión se llega a un acuerdo en lo tocante al papel, a la tinta, a las plumas, al estado emotivo y físico del autor de la escritura, según las condiciones de la ficción. ¿Está, él o ella, pesimista u optimista? ¿Está, él o ella, irritado o no? Mediante la proyección de cada uno de los aspectos, el equipo estudia la ficción en su integridad.
Poco a poco, los interrogadores, a pesar del empeño de su jefe en expresar implícitamente la información en vez de darla, comenzaron a discernir las líneas generales del plan del que ellos formaban parte.
- Cabe la posibilidad de que la señorita Bach también tenga a su disposición una muestra original de escritura a mano, sea una carta, una tarjeta postal o una nota de un diario, que pueda servir de modelo. También cabe la posibilidad de que la señorita Bach no tenga tal muestra.
El antebrazo derecho de Kurtz había subrayado ambas posibilidades mediante un enérgico movimiento sobre la mesa.
- Cuando todos estos procesos hayan sido seguidos, y únicamente después de que hayan sido seguidos, el señor Schwili se encargará de la falsificación. Lo hará a la perfección.
Kurtz advirtió en tono indicativo de que más les valía a todos recordarlo bien:
- El señor Schwili no es sólo un falsificador, sino también un artista. Terminado su trabajo, el señor Schwili lo entregará directamente a la señorita Bach, a fin de proceder a una revisión, al problema de las huellas dactilares, a su conservación. ¿Alguna pregunta?