El gran personaje que todos estaban esperando llegó puntualmente por vía aérea a Munich, aquella misma tarde, procedente de Chipre. No hubo cámaras con flash que celebrasen su llegada, debido a que llego en camilla, asistido por un enfermero y por un médico. El médico era realmente un médico, aunque su pasaporte era falso. En cuanto a Yanuka digamos que era un hombre de negocios inglés procedente de Nicosia, urgentemente trasladado a Munich para que le hicieran una operación quirúrgica de corazón. Esto quedaba demostrado por un amplio e impresionante expediente de documentos médicos, a los que las autoridades del aeropuerto alemán no prestaron la menor atención. Les bastó con dirigir una rápida mirada, rápida y desagradable, a la exánime cara del paciente para saber que no necesitaban ulterior información. Una ambulancia llevó a los recién llegados, a toda prisa, hacia el hospital de la ciudad, pero en cierto punto la ambulancia se metió en una calleja lateral, como si hubiera ocurrido lo peor, y penetró en el patio cubierto de un empresario de pompas fúnebres, dispuesto a hacer favores. En la ciudad olímpica se pudo ver cómo los dos fotógrafos argentinos y sus amigos transportaban a mano una gran cesta, como las que se emplean para la colada, y con el letrero «Vidrio delicado», desde su viejo minibús al ascensor del servicio, y los vecinos dijeron que, sin la menor duda, los fotógrafos argentinos añadían otro elemento extravagante a su ya voluminoso equipo técnico. Se hicieron divertidos comentarios acerca de si los vecinos del piso interior, los filatélicos profesionales, se quejarían de los gustos musicales de los fotógrafos argentinos. Sí, porque los judíos se quejaban siempre de todo. Entretanto, en el piso superior desempaquetaron su preciosa carga y, con la ayuda del médico, se cercioraron de que nada se había quebrado durante el viaje. Minutos después dejaban a Yanuka en el suelo de la habitación acolchada, con aspecto de confesionario, en donde se esperaba que Yanuka recobrara los sentidos en cuestión de media hora, aun cuando siempre cabía la posibilidad de que la caperuza que impedía el paso de la luz y que le habían atado a la cabeza retrasara un poco el proceso de recobrar la conciencia. Poco después, el médico se iba. Este médico era un hombre concienzudo y, temeroso del futuro de Yanuka, había pedido a Kurtz todo género de garantías de que no le obligara a transgredir sus principios éticos profesionales.

Y, efectivamente, antes de que transcurrieran cuarenta minutos, vieron que Yanuka tiraba de las cadenas con que le habían atado. Primero tiró con las muñecas y luego con las rodillas, y luego con las cuatro articulaciones al mismo tiempo, igual que una crisálida intentando romper su envoltorio, y así lo hizo hasta el momento en que, probablemente, Yanuka cayó en la cuenta de que se encontraba boca abajo. Sí, ya que hizo una pausa y pareció recapacitar. A continuación, Yanuka emitió un exploratorio gemido. Después de lo cual, y sin previo aviso, se armó la de Dios es Cristo, ya que Yanuka, soltando rugientes y angustiados sollozos, uno tras otro, comenzó a retorcerse y a estremecerse violentamente, a intentar revolcarse, y todo lo hizo con tal vigor que los presentes se alegraron doblemente de tenerle encadenado. Después de haber observado la actuación de Yanuka durante un rato, los interrogadores se retiraron, dejando la situación al cuidado de los guardianes hasta el momento en que la tormenta hubiera pasado. Lo más probable era que a Yanuka le hubieran hinchado la cabeza de historias referentes a la brutalidad de los interrogadores israelíes. Probablemente, Yanuka, en el estado de desorientación en que se hallaba, quería que los interrogadores se comportaran de acuerdo con su fama y convirtieran en realidad los terrores que experimentaba.

Pero los guardianes se negaron a complacerle. Habían recibido órdenes de actuar como silenciosos cancerberos, de mantener distancias y de no hacerle daño. Y obedecían al pie de la letra estas instrucciones, a pesar de lo mucho que les costaba, especialmente a Oded, el aniñado. Desde el instante de la ignominiosa llegada de Yanuka al apartamiento, los jóvenes ojos de Oded quedaron oscurecidos por el odio. Día tras día, a medida que los días pasaron, Oded parecía más y más enfermo y más gris, y en el sexto día, Oded tenía los hombros rígidos, debido únicamente a la tensión de tener bajo su mismo techo a Yanuka vivo.

Por fin, Yanuka causó la impresión de volver a dormirse, y los interrogadores decidieron que había llegado el momento de comenzar a trabajar. En consecuencia, produjeron los sonidos propios del tránsito matutino, encendieron una muy intensa luz blanca, y sirvieron el desayuno a Yanuka, a pesar de que todavía no era medianoche. Ordenaron a gritos a los guardianes que desataran a Yanuka y le permitieran comer como un ser humano, y no como un perro. Luego, los propios interrogadores desataron solícitamente la caperuza que llevaba

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