Yanuka, debido a que deseaban que la primera noción que de ellos tuviera Yanuka fuera la de sus amables caras, en modo alguno judías, mirándole con ojos de paternal preocupación.

Uno de los interrogadores dijo a los guardias, en inglés y con voz serena:

- Jamás vuelvan a ponerle esas cosas.

Y el interrogador, después de emitir un simbólico suspiro, arrojó caperuza y cadenas a un rincón del cuarto.

Los guardianes se retiraron, y Oded lo hizo con particularmente teatral desgana. Yanuka accedió a tomarse una taza de café, mientras sus dos nuevos amigos le miraban. Los interrogadores sabían que tenía una sed tremenda, ya que habían pedido al doctor, antes de que se fuera, que la provocara, por lo que el café seguramente le supo maravillosamente, a pesar de los aditivos que pudiera contener. Los interrogadores también sabían que la mente de Yanuka se hallaba en un estado de ensoñada fragmentación, y, en consecuencia, indefenso en lo tocante a ciertas zonas importantes, por ejemplo cuando la comprensión constituía una oferta. Después de varias visitas llevadas a cabo de esta manera, algunas de ellas con el intervalo de pocos minutos, los interrogadores estimaron que había llegado el momento de dar el salto definitivo y presentarse a sí mismos. En términos generales, su plan era el más viejo en esta clase de juegos, pero habían incorporado varias ingeniosas variaciones.

En inglés dijeron que eran observadores de la Cruz Roja. Eran ciudadanos suizos, pero residían aquí, en la cárcel. Sin embargo, no podían decir en qué cárcel, ni en qué lugar se encontraba la cárcel, aun cuando dieron claras pistas de que podía hallarse en Israel. Mostraron impresionantes cartillas en plástico y con huellas dactilares, con sus retratos fotográficos y cruces rojas impresas en líneas onduladas, para dificultar las falsificaciones, como se hace en los billetes de banco. Explicaron que su misión consistía en procurar que los israelíes observaran las normas referentes a los prisioneros de guerra acordadas en la Convención de Ginebra, aun cuando, dijeron, bien sabía Dios que la tarea era difícil, y asimismo en dar a Yanuka medios para comunicar con el mundo exterior, dentro de los límites establecidos por los reglamentos de las prisiones. Estaban ejerciendo presiones para que cambiaran su régimen de incomunicación y le pusieran en el bloque asignado a los prisioneros árabes, pero que les constaba que las sesiones de «rigurosos interrogatorios» podían comenzar en cualquier instante, y que, por el momento, los israelíes proyectaban mantenerle en estado de total incomunicación. Explicaron que, a veces, los israelíes se perdían en el laberinto de sus propias obsesiones, y se olvidaban en absoluto de mantener su imagen pública. Pronunciaron la palabra «interrogatorios» con desagrado, como si quisieran que existiera otra mejor para expresar aquel hecho. En este momento, Oded regresó, cumpliendo así las instrucciones previamente recibidas, y fingió ocuparse de la instalación sanitaria de la celda. En el mismo instante en que Oded llegó, los interrogadores dejaron de hablar y no volvieron a hacerlo hasta que Oded se hubo ido.

A continuación, los interrogadores sacaron un gran formulario y ayudaron a Yanuka a rellenarlo de puño y letra: «Aquí el nombre, querido amigo; aquí la fecha de nacimiento; aquí los parientes más próximos; eso, así, aquí tu profesión; bueno, claro, tu profesión será la de estudiante; sí, títulos, religión y lamentamos mucho darte tanto la lata, pero es obligatorio.» Yanuka fue notablemente veraz y preciso, a pesar de cierta inicial desgana. De todas maneras, esta muestra de deseos de cooperación fue advertida con satisfacción por los miembros del Comité Literario que se hallaba reunido en el piso inferior, a pesar de que la caligrafía de Yanuka fue, en este caso, un tanto parvularia, por culpa de las drogas que le habían sido suministradas.

Al marcharse, los interrogadores dieron a Yanuka un folleto, impreso en inglés, en el que se hacían constar sus derechos, y además, los interrogadores le obsequiaron con una barrita de chocolate, dándole una palmadita en la espalda, y dirigiéndole un amistoso guiño. Y le llamaron por su nombre de pila, que era Salim. Durante una hora, desde la estancia contigua, los interrogadores observaron a Yanuka, mediante rayos infrarrojos, mientras el preso yacía llorando y meneando la cabeza. Luego dieron la luz en la celda de Yanuka y entraron alegremente. Dijeron al preso:

- ¡Mira lo que te hemos traído! ¡Despierta, Salim, que ya es de día!

Se trataba de una carta dirigida a Yanuka con su nombre y ape llido. Llevaba el matasello de Beirut, había sido enviada por indicación de la Cruz Roja, y llevaba impresas con tampón las palabras «Aprobada por la censura de la prisión». La carta era de su amada hermana

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